Ca-ba-llu

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La primera palabra que dijo el nene fue “Anya”. La balbuceaba con lengua de trapo mientras extendía los brazos hacia su madre, desesperado porque le cogieran. Luego llegaron otras, todas igual de incomprensibles; que si “Víz” por aquí, que si “Kenyér” por allá. No había manera de entenderle. Comprendí lo que pasaba el día que le pillé cambiando el idioma de los capítulos de ‘Dora, la exploradora’.

– Cristina, el niño habla húngaro.

Decidimos no darle más importancia, seguramente solo era una forma de llamar la atención. De todas formas, no íbamos a quererle menos por una tontería así. Pero hoy el nene ha amanecido con grandes bigotes, con grandes bigotes a la húngara, imaginamos. Habla con voz profunda, soltando palabras rudas que ni su madre ni yo entendemos. De fondo, muy a lo lejos, nos parece escuchar violines y címbalos cada vez que abre su boquita de piñón.

– Ca-ba-llu –dice haciendo un esfuerzo por hablar nuestro idioma–. Nesecito un ca-ba-llu.

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Libros de verano

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Hay libros de verano, igual que hay cerezas y adolescentes en moto durante unos meses del año. Es fácil reconocerlos por su olor a crema solar, por la arena de playa que cucarachea entre sus páginas, por las marcas que dejaron algunas gotas de agua, como lunares de palabras arrugadas. Pesan más, mucho más que otros libros, de todo el sol que se quedó dentro. Y lucen un moreno albañil, a franjas, entre párrafo y párrafo.

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Huele a cirio por las noches

A medianoche salen todas nuestras abuelas de rezar el rosario. Basta escuchar la puerta de la iglesia para saber que son ellas (hace años que nadie más va por allí). Recorren las calles del pueblo haciendo surcos en la tierra con sus andadores y bastones. Se oye el tintineo de cuentas y cruces, incluso el susurro de alguna vieja que continúa con sus oraciones. Y, sin embargo, nunca las vemos.

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Diga treinta y tantos

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Llega zumbado una nueva criatura. Se llama ‘Diga treinta y tres’ y es una recopilación de otros tantos microrrelatos que han ido saliendo en este blog desde que abriera sus puertas. La diferencia es que ahora están “vestidos de domingo” gracias a Valbo, una plataforma digital que puede ser una buena opción para muchos escritores.

Es gratis, así que pueden descargárselo sin compromiso pinchando aquí. Y si no quedan satisfechos, alguien les devolverá su dinero. Estoy casi seguro.

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Es un pájaro, es un avión, es… #VetustoMan

Hay un nuevo superhéroe en la ciudad. Se llama #VetustoMan y tiene 83 años. De hecho, todo empezó en un viaje del Imserso por la Costa de Almería, cuando…

Espera, espera. Si queréis saber más tendréis que pasaros por el blog de Los 4 Palos. Por ahí ya han salido los tres primeros capítulos y la idea es publicar una nueva entrega cada mes:

El origen: Fructuoso Blázquez (prefacio)

Capítulo 1: El nacimiento del héroe

Capítulo 2: Prácticas de tiro en un establo

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Un tigre en el pasillo

Paris - Muséum d'histoire naturelle. Por Pascal Subtil

Paris – Muséum d’histoire naturelle. Por Pascal Subtil

Papá estuvo rápido y, en cuanto vio que se nos había colado un tigre en casa, cerró la puerta del pasillo. No era más que un cachorro, pero a lo tonto y a lo bobo se quedó con los dormitorios y el cuarto de baño. Por eso vivíamos todos apretujados en el salón, durmiendo por turnos en el único sofá. Lo peor era tener que bajar al bar para ir al baño, ducharse en el colegio, cortarse las uñas en el parque.

El plan de mamá era esperar. Con el paso del tiempo, pensaba ella, el tigre moriría de hambre porque en aquella parte de la casa no había comida. Sin embargo, las semanas iban cayendo y el bicho seguía coleando. Le sentíamos trastear al otro lado e incluso a veces intentaba abrir la puerta. Resultaba aterrador ver como la manija se movía, imaginar al animal colgado de pomo.

Por suerte no era más que una cría y aún era incapaz de accionar el pestillo. Pero iba ganando en peso y fuerza porque la manilla cada vez bajaba un poco más, como un minutero anunciando nuestra destrucción, una cuenta atrás. Dejamos de hablar entre nosotros, ya ni encendíamos la tele; cero distracciones. Solo mirábamos la puerta. Mirábamos la puerta y esperábamos.

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Dios habla caliente

Foto de kummod

Foto de kummod

Lo de jugar a ser Dios fue después. Antes hubo que descubrir (un domingo por la tarde de mucha lluvia) que la estufa del salón se comunicaba con la que sus padres tenían en el piso de arriba. Luego, pequeños sustos cuando los mayores se van. Bastaba con subir la escalera muy despacio, sin que su hermano pequeño se enterara, y hacer algún ruido extraño por el tubo, quizás un ladrido de perro o algo así. Le hacía gracia escuchar los grititos ahí abajo, cronometrar lo rápido que se echa a llorar el nene.

Lo de Dios, ya digo, fue después. La idea se le ocurrió en catequesis y quiso probarla en cuanto papá y mamá volvieron a salir de casa. “Venimos en un par de horas”, dijeron. Más que suficiente. Otra vez a subir la escalera de puntillas y a acercarse a la rendija de la estufa con cuidado, que ese día está encendida.

– Robeeeeeeeeerto, soy Dios –dijo con voz cavernosa–. Acéeeeeeeeercate al fuego, acéeeeeeeeercate más.


Microrrelato enviado, sin mayor fortuna, al concurso de cuentos de terror de ‘Negra y criminal’, programón que me tiene enamoradito.

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