Mi abuelo come moscas

(Mención de honor en el XI Certamen Internacional de Relato Corto La Moraña, del Ayuntamiento de Gotarrendura)

El problema es que el retaco de mi nieto fue diciendo por todo el colegio que su abuelo comía moscas. Lo fue contando con orgullo, presumiendo de algo que en su mente infantil debe ser algo así como un superpoder. Incluso aseguraba que él mismo también zamparía insectos algún día no muy lejano. Por eso mi hija, su madre al mismo tiempo, estaba tan cabreada. Que qué cosas le enseñas al chico… que tú no sabes la vergüenza que he pasado con los otros padres… que cómo puedes hacer una guarrería así delante de un niño de cinco años…

Con la resignación que dan las arrugas, me limité a agachar las orejas. Si hay algo que no soporta un viejo es discutir con sus hijos, aunque sepas que no son más que unos mocosos que hace dos días, como quien dice, andaban meándose en la cama. Por eso y porque la gente joven no tiene tiempo para aguantar las chorradas de un anciano, pedí disculpas y me callé, que en boca cerrada… Así me ahorré decirle que cualquier mierda de bollo que come el niño cada tarde es peor que cien cucarachas. Y que a mí, en el pueblo, me llamaban Hilario ‘El Comemoscas’, a mucho honra.

Que no creo yo que la cosa sea tan grave, hombre. Si ella tuviera un poco de tiempo y este viejo más valor, valdría con que se sentara a tomar un cafetito, tranquilos los dos, para que le soltara que eso de la alimentación es muy relativo, como todo en la vida. Buenos mozos salieron del pueblo sin pirámides nutricionales ni otras chorradas por el estilo que tanto preocupan a las madres de ahora. Y eso que en la Moraña, poco después de la guerra, no es que sobrara la comida precisamente. Tampoco recuerdo pasar hambre, más bien era el cansancio de tener siempre lo mismo en la mesa, un día tras otro. Y al siguiente, pues igual.

Podría explicarte tantas cosas, hija… Por ejemplo, que la monotonía comenzaba en el mismo desayuno: sopas de ajo cada mañana. No estamos hablando del plato que ahora puedes tomar en muchos restaurantes como paradigma de la cocina castellana, sino de un caldo con tan poco sustancia que en el pueblo se decía que daba igual comerlas que ir detrás de uno que las había comido. Mi hermana mayor, tu tía Angelita, se encargaba de cortar en rebanadas finas una mediana entera durante el rosario y a ese pan se le echaba encima el sofrito en manteca de un ajo con pimentón y agua a punto de cocer, tal y como rezaba el dicho: “Caldo cocido, sustancia perdida. Caldo sin cocer, sustancia sin coger”. Eso de “pan con pan, comida de tontos” nunca fue tan acertado.

Bastaría que te quedaras un rato, unos minutos apenas, para decirte que no he sentido más envidia que cuando me quedé a dormir en casa de Jero, un compañero de escuela. Su padre tenía vacas y descubrí que ellos gozaban del privilegio de desayunar sopas de pan con leche. Nadie sabe cuanto maldije a aquel chico, pero desde esa misma mañana intenté hablar con él lo mínimo imprescindible. Muchos años después, ya casado con tu madre, le evitaba cuando me le encontraba por el pueblo, ¿te lo puedes creer? En esta vida hay ciertas cosas que se te quedan grabados en las tripas para los restos.

Y a la hora de comer, cariño, la cosa no mejoraba. Todos los días, en todas las casas de Papatrigo, había cocido. Aquí no existía alternativa posible. Se preparaba en la lumbre durante muchísimas horas –tu abuela, que no llegaste a conocer, tenía que madrugar para cocinarlo- y luego lo engullíamos la familia entera en una misma fuente, sin necesidad de platos. He de reconocer, para no ponerlo todo tan negro, que en las épocas de más trabajo, como la siega, contábamos con un almuerzo que ya lo quisiera un marajá. Se tomaba pasadas las diez de la mañana y consistía en una tajada de lomo, otra de chorizo y un torrezno, todo ello conservado en aceite desde la última matanza. Si no has disfrutado de una pitanza así en medio de una dura jornada de laboreo, mi niña, es difícil que puedas comprender lo que estas viandas significaban para unos muchachos como nosotros.

En la cena la cosa podía variar algo, tampoco creas que mucho. Entre patatas y legumbres andaba el juego. Recuerdo un día que mi hermano Luis llegó a casa quejándose porque nosotros nunca comíamos lentejas, como hacían los pudientes del pueblo. Mi madre aseguró que las algarrobas, bien cocinadas, eran prácticamente idénticas y nos las puso al día siguiente. Estaban tan malas que consiguió poner de acuerdo a toda la familia por primera y, seguramente, última vez.
 
Tan obsesionados andábamos con llevarnos algo a la boca que por la noche salíamos a cazar “pajaritos”. Así llamábamos a los gorriones por aquel entonces y los agarrábamos en las grietas que había en el interior de un pozo. Otras veces un amigo de tu tío Paco nos dejaba a ir a su palomar para coger alguna tórtola. “Pero solo dos pichones que mi padre me mata a palos”, nos avisaba siempre con gesto serio. Mi hermano agarraba las más grandes que encontraba y le aseguraba al chico que eran “apenas unas crías”. “Muy desarrolladas, eso sí, pero unas crías al fin y al cabo”, decía sonriendo. Nos las cocinaban en el bar y así matábamos la noche y el hambre. Dos pájaros de un tiro.

Espera, espera. No te vayas todavía. Tómate otro café. Que sí, no seas tonta. ¿Con leche? El azúcar te lo pones tú. A lo que iba, que cuando yo era niño eso de las comidas era sota, caballo y rey. No como ahora, que tenéis de todo. En mi casa solo había un día, uno en todo el año, en el que mamá tiraba la casa por la ventana y nos hacía el mejor arroz con leche que he probado nunca. El motivo era el santo de mi padre, fecha que sus hijos esperábamos con ansia debido a ese bendito postre.

En uno de esos cumpleaños de tu abuelo –tranquila, que ya voy acabando-, andábamos mis hermanos y yo esperando a que mamá trajera el arroz con leche después de acabar el correspondiente cocido. Parece que la estoy viendo poniendo la fuente en medio de la mesa, dejando muy clarito que estaba prohibido tocar nada hasta que ella acabara de recoger la cocina. Mi padre se fue a echar unos minutos de siesta a la cama y allí nos quedamos diez muchachos ennegrecidos y hambrientos ante las puertas del paraíso, casi rozándolo. Fue entonces cuando Emilio, uno de los mayores, sacó del bolsillo de su chaqueta un puñado de moscas muertas que había cazado vete tú a saber de dónde y comenzó a echarlas, una a una, en el postre. Sabía que a la mayoría de nosotros, yo entre ellos, nos daban muchísimo ascos aquellos bichos que siempre veíamos entre la mierda de la cuadra y su idea era clara: a menos cucharas en liza, más para su estómago. No sé por qué lo hice. Imagino que fue de pura rabia. El caso es que, cuando arrojó un par de ellas, me fui hacia él, le agarré la mano y me comí todas las moscas que le quedaban. Al natural, sin aliño si quiera. Recuerdo que todos se quedaron boquiabiertos. Yo me limité a coger la cuchara y comencé a zampar aquella delicia.

Al salir de la cocina y verme dale que te pego al dulce, mi madre me arreó un guantazo que todavía me retumba en la cabeza. Por su puesto, aquel día no probé más arroz con leche, pero a partir de ese momento me gané toda una reputación de chico duro. A la gente en general, no solo a tu hijo, le llama mucho la atención ver que alguien traga insectos, y te puedo asegurar que se creó toda una leyenda sobre mí. Iba por el pueblo y escuchaba murmullos entre los chicos de mi edad, incluso algunos mayores. “Pues dicen que el Hilario se zampa todas las mañanas 17 moscas antes de salir de casa”. “Se le está poniendo vista de insecto y puede verte desnudo a través de la ropa”. “El otro día me pareció que levitaba unos centímetros, con un zumbido de fondo”. Hasta tuve que hacer alguna demostración pública. A veces por abrumadora petición popular de los chicos del pueblo. Otras para poner en su sitio a alguno que dudó de mi hazaña. Incluso me comí una la primera vez que me quedé a solas con tu madre, más que por impresionarla, de puro nerviosismo.

Algo así me pasó con tu hijo el otro día, cielo. Poco después de que le dejaras en casa comenzó a llorar y a decir que quería irse contigo. No sabía que hacer para tranquilizarle, ya sabes que nunca se me dieron muy bien los niños. El caso es que pasó una mosca por ahí cerca y… ¡Tendrías que ver la cara que puso! Y se quedó callado al instante y para el resto de la mañana. Cómo iba a saber yo que lo iría contando por todo el colegio. Cómo iba a saber yo que este viejo acabaría hablando solo para decir tantas tonterías.
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10 respuestas a Mi abuelo come moscas

  1. Pingback: Agradecido | En mal estado

  2. Gotzon dijo:

    jajaja, esta muy bien, enhorabuena Pablo y a seguir así.

  3. Ana dijo:

    Me ha encantado, recreas perfectamente el hambre que se pasaba antes. Me recuerda un poco a La sonrisa etrusca, un abuelo, un nieto y un hijo que no escucha ya a su padre (en este caso una hija) que lo ve como un viejo y no como un sabio que es.
    Enhorabuena, te lo has ganado con creces!

  4. Su dijo:

    Muchas felicidades Pablo! Me ha gustado mucho.

    Besos

  5. Enhorabuena. En esté afán se cosechan no pocos sinsabores y muy pocos “dulces”, así que saboréalo y celébralo con fanfarria de gran triunfo.

    Un abrazo.

  6. Mayda Anias dijo:

    Acabo de leer y releer tu cuento (seguiré por el blog y lo añado a Favoritos); es un excelente cuento. Ojalá coincidamos nuevamente y las celebraciones sean más a tu favor que al mío. Un saludo cordial y mucha buena suerte en lo personal y lo prfesional.

  7. Gracias Gotzon, Ana, Su y Juan Carlos (qué suerte encontrarte por aquí). Por supuesto, también a ti, Mayda, pero como ganadora del concurso, en tu caso van primero mis felicitaciones.

  8. Elisa dijo:

    Lo que más me gusta es el crescendo, empieza bien pero termina todavía mejor. Enhorabuena, Pablo, y a por el siguiente.

  9. Elisa dijo:

    Me ha recordado mucho las historias que me contaba mi suegra de su pueblo zamorano. Allí, en la época del hambre, los pobres le cambiaban a los ricos el jamón por tocino, así, como suena, un kilo de jamón por un kilo de tocino, porque este último tenía más calorías. Y esas sopas de ajo que tú dices las hemos comido muchas veces en casa (y todavía las hace mi marido) porque a ella le gustaban así, con pan, agua, ajo y pimentón, los adornos posteriores de huevo, chorizo, jamón y caldo no formaban parte de su receta.

  10. Gracias, Elisa. Y muy curioso lo del cambio de jamón por tocino. El cuento está basado en las historias que me cuenta mi padre, que más que de otra generación parece de otro mundo. Vayas vidas más distintas la suya y la mía.

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