Los viejos roqueros también mueren

La radio estaba puesta pero él no la escuchaba. ‘El Buzo’ –así le llamaba todo el mundo- andaba demasiado ocupado midiendo ante el espejo del baño cuánto crecían sus entradas. Se tocó la coronilla convencido de que allí también estaba naciendo una considerable calva. Dentro de lo malo, podía ocultarla con la melena de rizos negros que siempre llevaba suelta. Se dio una bofetada para dejar de pensar en esas miserias y el impacto desprendió el pendiente de su oreja derecha, recorriendo en círculos el lavabo del baño hasta caer por el desagüe. “Seré gilipollas”.

Tampoco escuchaba la radio mientras intentaba absurdamente llegar a lo más hondo de las cañerías con dos dedos demasiado gordos. Fue entonces cuando el locutor dijo la palabra mágica, aquella capaz de hacer olvidar al Buzo todas las desgracias. “¿Quieren dos entradas para el Festival de Viña Rock? ¿Quieren ver el último concierto de Obús, la mítica banda de heavy metal? Llámennos y digan el nombre de sus cuatro componentes”. Intentó ir a por el móvil, olvidado en la mesa del salón, pero sus dedos se habían quedado pillados en la boca del desagüe. Echó jabón y dejó correr el grifo hasta que se soltaron. Luego corrió a por el teléfono pero se le escapó un par de veces de sus resbaladizas manos. Se confundió al marcar el número de la emisora en tres o cuatro ocasiones. Y a pesar de todo, lo consiguió. Entró en antena después de que una amable señorita le dijera que se mantuviera a la espera.

– Tenemos a un oyente dispuesto a concursar al otro lado de la línea –dijo la voz de la radio, ahora sonando en el auricular del móvil-. ¿Cuál es tu nombre?
– José Luis, pero prefiero que me llamen Buzo.
– ¿Buzo? ¡Qué curioso! –ahora había un tono socarrón-. Dinos, Buzo. ¿Quiénes son los cuatro componentes del grupo Obús?
– Fortu Sánchez, lo más grande que ha parido madre; Juan Luis Serrano, Paco Laguna y…
– Y… te queda uno.
– ¡El puto batería! Fernando no sé qué… ¡Joder! Ahora no me sale.
– Buzo, te agradecería que moderaras tu lenguaje.
– Perdona, perdona. Fernando algo… Fernández o Sánchez, uno de los dos apellidos.
– Tienes que elegir uno.
– Pero si es que me lo sé de memoria, joder. Perdona, perdona. Venga, pues Fernando Sánchez.
– ¡Correcto!
– ¡De puta madre! –gritó-. Perdón, perdón.

La misma amable señorita, ya fuera de antena, le cogió los datos para enviarle las entradas por correo esa misma tarde y se despidió con un cortés: “Gracias por participar, señor Buzo”. Él comenzó a dar saltos por toda la casa gritando y cantando las letras de Obús. Volvió a coger el móvil y, de nuevo, se le resbaló de las enjabonadas manos. Finalmente logró llamar a Quini.

– Jodído feo –dijo el Buzo a modo de saludo-. Siéntate donde puedas porque se te van a caer las bragas con lo que tengo que decirte.
– A ver, majo. Sorpréndeme –respondió su amigo algo escéptico.
– Me he hecho con dos entradas para el Viña Rock, para ver el último concierto de Obús antes de que desaparezca el grupo. Si prometes ser malo, una es para ti.
– ¡En serio! ¿Cuándo es eso?
– El finde del 24 y 25.
– ¡No jodas! Esos días estoy de guardia.
– ¡Qué le den por culo al curro! Tú y yo nos vamos.
– No, tío, no puedo. ¿Tú quieres que me echen?
– Qué te echen si tienen huevos, luego montamos un prostíbulo. Tú y yo nos vamos.
– Que no puedo. Lo siento, pero es imposible.

Los dos se quedaron callados durante unos segundos.

– Oye Buzo, ¿por qué no llamas al Isra o al Rulo? Seguro que ellos pueden
– Eres un payaso. Que te den –respondió el Buzo antes de colgar.

Maldijo a su amigo durante varios minutos hasta que decidió encender un cigarro para tranquilizarse. No entendía como Quini podía dejar escapar una ocasión única, histórica. Y todo por mantener su mediocre puesto de trabajo como “segurata”. Decidió no dar más vueltas al asunto y marcó el número de Isra.

– ¿Que pasa contigo?
– Hombre, Buzo. ¿Qué me cuentas?
– Hace que no te veo, perro. El otro día estuvimos hablando de ti, recordando el día que se te ocurrió…
– Oye, tío, me pillas en un mal momento –se oía un llanto de bebé al fondo-. ¿Qué quieres?
– Te lo cuento muuuuy rapidito. Tengo dos entradas para el concierto de despedida del tío Fortu. Para ti y para el menda, mano a mano. Es dentro de dos findes.
– ¡Cachondo! –a Isra se le escapó una carcajada-. Vas a venir tú a explicarle a mi mujer que la dejo sola con las dos niñas para irme a un concierto.
– Joder, no pasará nada porque te escapes de un par de días. Ella lo entenderá, seguro. Yo me encargo de convencerla.
– Mira, Buzo, lo siento mucho pero tengo que dejarte –los llantos del bebé se habían convertido en gritos-. Ya me contarás que tal ha estado la cosa. Quedamos un día y me das envidia. Un abrazo.

Ni siquiera le dio tiempo a contestar antes de que Isra colgara. Se encendió otro cigarro mientras murmuraba las palabras “jodido calzonazos” una y otra vez. Tenía la cara roja. Dio lumbre a otro pitillo sin darse cuenta de que ya tenía uno en el cenicero. Apagó los dos y cogió el móvil para quemar su último cartucho.

– Me da igual que tengas que hacer el finde del 24 y 25, pero te vienes conmigo al Viña Rock –le dijo al Rulo en cuanto descolgó el teléfono.
– ¡Joder, Buzo! ¡Qué directo! –respondió-. ¿Quién toca este año?
– ¿Cómo que quién toca? ¡Es el concierto de despedida de Obús!
– ¡No jodas! De puta madre, tío. Gracias por acordarte de mí. Siempre pensé que para estas cosas preferías al Quini o al Isra.
– Tú siempre eres mi primera opción. Que les jodan a esos dos maricones.
– Nos lo vamos a pasar pirata. Yo me encargo de buscar un hotelito por la zona.
– ¿Qué dices? En tienda de campaña, como Dios manda. ¡A empaparnos del ambiente roquero! Y que rulen los porritos.
– No, hombre. Buscamos un hotel. Yo no puedo pasar dos noches en una jodida colchoneta. Tengo fatal la espalda. Y si no me ducho por la mañana no soy persona.
– ¿Pero que cojones me estás contando? Si hemos ido a un montón de festivales los cuatro y siempre hemos acampado. Incluso alguna vez hemos dormido a la intemperie, con dos huevos.
– Y yo antes jugaba tres partidos de fútbol cada tarde, no te jode. Déjate de bobadas. Yo busco un hotel y tranquilo que la factura corre de mi cuenta.
– Eres un gilipollas aburguesado.

El Buzo colgó y dio un manotazo a la mesa del salón. Volvió a marcar el teléfono del Rulo.

– ¿Por qué me cuelgas? –dijo su amigo.
– Escucha, mierdecilla. Antes que a ti he llamado al Quini y al Isra. Tú nunca ha sido mi primera opción.

De nuevo, colgó. Fue a encenderse otro cigarro pero el paquete estaba vacío, así que la mesa se ganó un golpe más. Tras pasarse la mano por la cabeza se dio cuenta de que tenía los dedos llenos de pelos. “¡Qué mierda de vida!”, pensó cuando llamaron al porterillo de su casa. Era su sobrino Pancho, quien entró en casa resoplando, como si hubiera venido corriendo desde muy lejos.

– Dime que has sido tú el que ha salido por la radio.
– Tranquilízate, Panchito. Claro que he sido yo. Buzo solo hay uno.
– Y ahora dime que vas a llevar a tu sobrino favorito.

Miró a aquel muchacho de arriba abajo. Cuando Fortu fundó su banda, recién estrados los ochenta, él ni siquiera había nacido.

– ¿Tú quieres ir a ver a Obús, pimpollo?
– No, no. Bueno… no están mal. Pero es que también toca ‘La Excepción’.
– ¿Esos quienes son?
– Un grupo de rap. ¿Me dejas ir contigo? Yo tengo una tienda de campaña y puedo encargar al Rata una china de hachís más grande que mi puño. Venga, tío.

A Pancho solo le faltaba ponerse de rodillas.

– Claro que sí, bicho –respondió el Buzo abriendo los brazos-. Vamos a reventar el puto Viña Rock tú y yo solitos.

Los dos comenzaron a abrazarse y luego se pusieron a saltar como poseídos. Pusieron música a todo volumen y continuaron con su alocada danza hasta que el Buzo sintió un fuerte pinchazo en la espalda. Disimuló el dolor mientras intentaba llegar al sofá. Se tumbó y comprobó que el mínimo movimiento le hacía retorcerse de sufrimiento. Volvió a pasarse las manos por la cabeza y se miró los dedos, de nuevo, llenos de pelos.

– ¿Te pasa algo, tío?

Pancho se había acercado hasta él con cara de preocupación.

– Nada, nada… Solo que me he acordado de que no puedo ir al concierto.
– ¿Por qué?
– Tengo… guardia.
– ¿Guardia? ¿Guardia de qué?
– Del curro
– Pero si tú no curras.
– Ahora ya sí. Y deja de hacer preguntas, coño. Así tienes dos entradas y puedes llevarte a algún colega.

El sobrino se quedó callado observando a su tío. El Buzo tenía la mirada fija en sus propias manos, llenas de pelos.

Por Pablo Garcinuño.
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9 respuestas a Los viejos roqueros también mueren

  1. El de las guardias dijo:

    Enhorabuena Pablito. Me lo he pasado pipa leyéndolo. También recordando la tienda de campaña aquella que tenías con ducha en el Viñarock de hace ya unos cuantos años… De momento las entradas nos respetan, lo de la espalda, al menos en mi caso, ya es otro cantar. Un beso desde Madrid

  2. Angel L. Herrero dijo:

    Te iba a pedir que publicaras al Buzo, pero te has adelantado. Aún estoy riendo desde que terminé de leerlo en el curso.
    Y sigo opinando que este final no feliz es mejor que el feliz (que se hubiera ido al concierto) como algunos opinaron en el taller de escritura.
    Un abrazo.

  3. Sí, me he adelantado, Ángel. La verdad es que le tengo cariño a este cuento. Y respecto al final… me gustan muy pocos los finales felices, no sé por qué.
    Y gracias, Juanito, más conocido como ‘El de las guardias’, qué guerrita nos dan las guardias!

  4. Elisa dijo:

    ¿Y otra aventura del Buzo? Es que me encanta este personaje, anda, anímate.

  5. Sí, sí. En cuanto tenga tiempo le busco al Buzo la novia prometida.

  6. Sanchi dijo:

    Pobre Buzo, ademas de malos pelos es algo gafe, no se a quien me recuerda…
    Está genial, has conseguido que me ria un rato, ya estas tardando en publicar las nuevas aventuras del Buzo.

  7. Maite dijo:

    Qué buena historia, y qué bien narrada. Felicidades, es genial.

  8. El "Buzo" soy yo dijo:

    Joder, ya podías haber buscado otro nombre para el personaje. El cuento me a gustado, pero espero no tener nada que ver con este personaje. Mis amigos de mas de 50 hasta los que todavía no llegan a los 30 seguimos yendo de conciertos, jamás a algo tan infame como el Viña Rock, eso desde luego. Pero tengo amigos de mas de 40 que si que van al Viña Rock y que siguen siendo mas jóvenes que cualquier listillo de 25 que se piensa que es lo mas grande que a parido madre porque todavía no le a visto los dientes a la vida. Está mú feo eso de hablar de la gente mas mayor sin haber pasado por ahí. 62 tiene ya el Rosendo y le estuve viendo el martes para dormir 3 horas e ir luego a trabajar, que los roqueros también tenemos cabeza, con pelo o sin el, pero somos exactamente igual que los demás.

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