Pura envidia

Aquí incluyo esos relatos que encuentro en otros lugares y que me hubiera encantado escribir a mí. Envidia… pura envidia… envidia malsana…

Amor 77 (Julio Cortázar)
Y después de hacer todo lo que hacen se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.

Educación Sexual (por Alonso Ibarrola)
Jamás en la vida había sostenido con su hija (única, por cierto) una conversación en torno al tema sexual. Se consideraba muy liberal y progresista a tal respecto, pero no había tenido ocasión de demostrarlo, porque daba la casualidad de que la muchacha nunca había preguntado nada, con gran decepción por su parte y descanso y tranquilidad para su mujer, que en este aspecto era timorata y llena de prejuicios. Pasaron los años y un día la muchacha anunció que se iba a casar. «Tendrás que decirle algo», arguyó su mujer. Y una noche, padre e hija hablaron. ¿Qué le dijo el padre? ¿Qué cosas preguntó la hija? A ciencia cierta, no se sabe. El hecho es que la madre tuvo que esperar dos horas, y cuando salieron de la salita de estar la hija exclamó: «¡Me dais asco!». Y se retiró a su dormitorio. La madre pensó que había ocurrido lo que se temía. Su marido se lo había contado todo, absolutamente todo.

Siete (por Ángeles Sánchez)
Éramos siete alrededor de una mesa coja de madera con termita. Además de siete a repartir el pan, éramos pobres. Así que éramos siete pobres, alrededor de una mesa enferma. Además de pobres éramos grotescos, por lo que éramos siete pobres grotescos alrededor de una mesa infecta. Además de grotescos éramos enanos, así que éramos siete pobres enanos grotescos alrededor de una mesa emponzoñada. Además de enanos éramos leñadores. Y todas las mañanas nos alegrábamos de ser parte de un cuento. Y ya nos sentíamos menos feos, y menos pobres, porque éramos siete enanos. Nada más y nada menos.

Voyeur (por Baizabal)
Se vieron en el restorán y tuvieron una cena romántica, caminaron al departamento intercambiando gestos y pasos de enamorados, llegaron a la recámara, se desnudaron. Pero no se atrevían a hacer el amor porque desde el principio tenían la sensación de que alguien los estaba leyendo.

Los tres cerditos (por Víctor Lorenzo)
El lobo se acerca a la primera casita y sopla con fuerza una y otra vez hasta derribarla. Entre las ruinas, una niña con caperuza roja y su abuela lo miran extrañadas. Perdón, se disculpa el lobo, me he debido de equivocar de cuento.

Jugando sucio (por Elisa Armas)
Era superior a nosotros. Desde que Los Coloraos colocaban al chivato del Juanra de portero, no volvimos a meterles un gol. Seguíamos chutando con todas nuestras fuerzas, claro, pero siempre a dar.

Perspicacia (por Jesús Esnaola)
Toni me agarra la mano, no me coge de ella. Al principio no noté la diferencia.

Telegrama (por Pablo Gonz)
Corazón papá STOP.

Ya nada es igual (por Orlando Romano)
La gota de lluvia baja raudamente por el vidrio del ventanal, como si desesperara por suicidarse… Cuando él estaba conmigo, estas cosas tan tristes no ocurrían.

Mi regalo (por Daniel González Cuesta)
«¡Mi regalo!», pensó el niño mientras miraba, con la boca abierta, lo que ocupaba el centro del jardín trasero. Se había levantado el primero el día de su cumpleaños y había recorrido la casa buscándolo. ¡Ahí estaba! No lo podía creer. Había mantenido una pequeña y secreta esperanza pero hasta ese instante estaba convencido de que sus padres no accederían. «No puede ser, hijo», «yo con tu edad también quería uno», «eso sólo pasa en las películas». Tantas negativas, burlas incluso, pero al final… «¡Cuánto les quiero!» Mientras se acercaba, el corazón se le salía del pecho rebosando felicidad y amor: «¡Me los voy a comer a besos!»

«¡Mi regalo!», pensó el tigre de Bengala, recién escapado del Circo Mundial, mientras miraba, con la boca abierta, el tierno manjar que se le aproximaba.

Falta de inspiración (por Acuática)
No he escrito este microrrelato. Aún.

Terror nocturno (por Sandro Centurión)
-“No tengas miedo, los humanos no existen”, me dijo y me abrazó con sus cálidos tentáculos.

Ella (por Rufino U. Sánchez)
La mujer de sus sueños tardó tanto en llegar, que él ya se había despertado.

Incomunicación (por Belén Lorenzo)
“Fue en defensa propia”, decía la mujer al policía sin apartar la mirada del cuerpo inerte de Papá Noel. “Ese hombre entró en mi casa blandiendo un hacha, ¿cómo iba a saber que era un regalo para mi ex marido?”.

Asesino en serie (por No Comments)
Petrificada se quedó la pitonisa cuando leyó las cartas de su cliente.

Mascota (por Pedro Peinado Galisteo)
Por fin me ha dejado bajar al sótano para verla. Dice que como está preñada no puede moverse y que no debo tener miedo. A la luz de la linterna la tela me decepciona un poco; me la imaginaba como las que tejen las arañas gigantes de las películas y resulta que sólo se trata de un nido de seda enmarañada, con el color amarillento del algodón sucio.

La araña sí es grande. Mi padre la quiere mucho. Ha sacrificado para ella hasta el último animal de la granja. También ha tapiado los vanos de las ventanas para que no se escape.

Mi padre dice que las crías necesitarán alimento y que, aunque no será suficiente, su madre se dejará comer para que no mueran…, demasiado terrible para quedarme a mirar.

La puerta se ha atascado.

Papá no responde.

Matar el Rato (por Estelar)
A cada vez que deseo matar el rato, moribundo y picardeado este, elucubra quién sabe qué nueva maquinación en mi contra para seguir sobreviviendo.

La Guerra (por Xuan Folguera Martin)
Antes de que existiera la muerte, todo era mucho más divertido en el barrio. Nos acuchillábamos unos vecinos a otros, nos suicidábamos colisionando nuestros coches contra las farolas o nos lanzábamos en plancha desde la azotea. Como mucho, perdíamos la inconsciencia durante unas cuantas horas. Al amanecer, siempre sanaban las heridas, se soldaban los huesos y nos levantábamos sin rencor y con paso titubeante, como si únicamente nos hubiéramos despertado de un sueño.

Hace un par de días, unos vecinos le pegaron una pedrada en la cabeza al tío Luis. Al amanecer no se levantó. Tampoco se levantó al día siguiente.

―La guerra ―sentenció una mañana el abuelo.

Todos lo miramos en silencio durante unos segundos, pero enseguida continuamos recogiendo piedras y palos para ir en busca de los vecinos. No sabíamos muy bien lo que era la guerra, pero no estaba bien que los restos del tío Luis continuaran solos en la acera.

Reciprocidad (por Kum*)
Le disparó a su televisor. Alegó defensa propia.

Breve (por Francisco Javier Aznar Alarcón)
Obsesionado con escribir el microrrelato más breve omitió el sujeto, dejó implícito el verbo, confió en que el lector intuyera el desenlace, prescindió de la coma y el punto para aligerar el ritmo. No le sorprendió que los lectores se quedasen sin palabras.

Globo (por Miguel Saiz Álvarez)
Mientras subía y subía el globo lloraba al ver que se le escapaba el niño.

La cena (Acuática)
Esparció las sales por la bañera, ajustó la temperatura del agua y activó las burbujas. Antes de dejarla a solas en el jacuzzi le colocó un par de rodajas de pepino sobre los párpados, como tantas veces había visto hacer en las películas; luego se fue a la cocina a preparar la guarnición de verduras que acompañaría la cena.

Cuarenta minutos después, regresó al cuarto de baño y comprobó con disgusto la rigidez del cuerpo de su invitada. Aumentó la temperatura del agua, la potencia de las burbujas y rectificó la sazón. Aún no estaba en su punto.

Prisas (por Agustín Martínez Valderrama)
La primera vez que enterramos al abuelo todavía estaba un poco vivo.

Cambio de lugar (por Ángeles Sánchez)
Lo contemplo, día a día, mes tras mes, ya va para dos años. Estoy ahorrando, aunque mi salario es escaso. Hoy, he entrado en la boutique para probármelo. En el escaparate dos dependientas la desvisten con mucho cuidado; mi felicidad crece conforme aumenta la desnudez del maniquí. Sostengo el vestido entre mis manos y me dirijo al probador. Al salir de las cortinillas, tan sólo alcanzo a dar tres pasos. La estrechez dentro de aquel vestido provoca una gran rigidez en mis músculos. Sin poder articular palabra, una de las dependientas me alza por los aires, mientras la otra quita el maniquí del escaparate. Al rato, veo pasar una mujer desnuda por la calle.

La unión hace la fuerza (por Elisa de Armas)
Lo enrollamos despacito, como hace mamá con la alfombra del salón, lo cargamos a hombros entre todos y lo tiramos al río. Fue un robo sonado. Después tuvimos cinco meses de vacaciones: el tiempo que tardaron los mayores en construir de nuevo el camino hasta la escuela.

Peter Pan (Fernando Iwasaki)
Cada vez que hay luna llena yo cierro las ventanas de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero mejor cierro la ventana porque Merino dice que su padre es Joker, y Joker se la tiene jurada al papá de Salazar.

Todos los papás de mis amigos son superhéroes o villanos famosos, menos mi padre que insiste en que él sólo vende seguros y que no me crea esas tonterías. Aunque no son tonterías porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán y me enseñó su cuchillo, todo manchado con sangre de leopardo.

A mí me gustaría que mi padre fuese alguien, pero no hay ningún héroe que use corbata y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre.

Un día se quedó frito leyendo el periódico y lo vi todo flaco y largo sobre el sofá, con sus bigotes de mosquetero y sus manos pálidas, blancas blancas como el mármol de la mesa. Entonces corrí a la cocina y saqué el hacha de cortar la carne. Por la ventana entraban la luz de la luna y los aullidos del papá de Mendoza, pero mi padre ya grita más fuerte y parece un pirata de verdad. Que se cuiden Merino, Salazar y Gómez, porque ahora soy el hijo del Capitán Garfio.

Plenitud (Víctor Lorenzo)
Ya he cortado un árbol y borrado un libro. ¿Sabes qué falta, hijo mío?

El empresario total (Pablo Gonz)
Empresario malagueño de muchísimo éxito, como puede verse por la cantidad de espacio que ocupa este anuncio y también por lo superfluo de las últimas palabras, quiere contratar, para sus numerosos desplazamientos por España, a un chófer con bigote oscuro que no le tenga miedo a ninguna de las siguientes cosas: cruzar Almendralejo a ciento ochenta, llegar de Santader a las cuatro de la mañana y salir para Mérida a las cinco y veinte, beber whisky sin hielo cuando yo lo ordene, darle esquinazo a un helicóptero de la Guardia Civil en la Recta de la Muerte (ésa que hay en Valladolid), compartir un rato de charla con seis o siete putas de baja estofa y/o bañarse conmigo en el Mar Menor (naturalmente en bolas pero sin mariconeos). También se valorará que hable ruso o algún otro idioma gracioso, que canturree al amanecer mientras atropellamos conejos por la provincia de Cuenca y que sepa manejar el machete y los luchacos. Ea, ya está. Interesados de verdad podéis venir a verme a la oficina. No os aseguro que esté porque viajo como un cabrón (estos días me está llevando René, mi hijo el tonto) pero una cosa quiero dejar bien clarita: el melancólico que se me presente con un bigote de cuatro días o con un bigote claro o canoso o teñido, o sin bigote, se lleva una hostia de las de hogaza y a ver si tiene huevos para denunciarme. De verdad lo digo. Hala, que os den.

Manuel d’amore (Maite)
Estaba tendida en el suelo, muda, desnuda, con la cara hinchada y restos de semen sobre la almohada. Si alguien no tomaba cartas en el asunto, pronto su vida habría acabado. Lo ponía bien claro en la caja “para una duración prolongada, desinflar después de usar”.

Las cosas que no hacemos (Andrés Neuman)
Me gusta que no hagamos las cosas que no hacemos. Me gustan nuestros planes al despertar, cuando el día se sube a la cama como un gato de luz, y que no realizamos porque nos levantamos tarde por haberlos imaginado tanto. Me gusta la cosquilla que insinúan en nuestros músculos los ejercicios que enumeramos sin practicar, los gimnasios a los que nunca vamos, los hábitos saludables que invocamos como si, deseándolos, su resplandor nos alcanzase. Me gustan las guías de viaje que hojeas con esa atención que tanto te admiro, y cuyos monumentos, calles y museos no llegamos a pisar, fascinados frente a un café con leche. Me gustan los restaurantes a los que no acudimos, las luces de sus velas, el sabor por venir de sus platos. Me gusta cómo queda nuestra casa cuando la describimos con reformas, sus sorprendentes muebles, su ausencia de paredes, sus colores atrevidos. Me gustan las lenguas que quisiéramos hablar y soñamos con aprender el año próximo, mientras nos sonreímos bajo la ducha. Escucho de tus labios esos dulces idiomas hipotéticos, sus palabras me llenan de razones. Me gustan todos los propósitos, declarados o secretos, que incumplimos juntos. Eso es lo que prefiero de compartir la vida. La maravilla abierta en otra parte. Las cosas que no hacemos.

Sin falta (Víctor Lorenzo)
Mi primera novia, a los quince, fue Rosa, una jovencita frágil y delicada. Una pena que nuestro amor efímero se marchitara en un solo verano. Después, en la facultad, estuve con Remedios, estudiante de farmacia, con quien todo fue de maravilla hasta que descubrí su enfermiza hipocondría. Más tarde conocí a Bárbara, una erasmus de rasgos exóticos, con la que muy a mi pesar no congeniamos; parecía que habláramos idiomas distintos y pese a estar juntos todo un curso, jamás nos entendimos del todo. Tras el verano vino Inmaculada, con la que lo pasé muy bien hasta que empecé a frecuentar más de la cuenta su piso de soltera, aséptico hasta la náusea. Luego apareció en mi vida Nieves, la chica del pueblecito de montaña, de muy fácil convivencia, pero muy fría en la cama. Eso nos distanció. Con Ángeles, mi siguiente relación, fue peor porque jamás tuvimos sexo. Pilar fue mi apoyo tras la ruptura, pero se cansó de soportar siempre sola el peso de la pareja y acabó marchándose. Luego conocí a Clara, preciosa y transparente, pero decía las verdades a bocajarro, y su modo de hablar sin rodeos me ofendía con frecuencia. Con Paz, mi última novia, no hubo ningún problema, ninguna discusión. Seguramente por eso lo dejamos. Hace cuatro o cinco semanas conocí a Concepción. Nos casamos el mes que viene. Sin falta.

Robinson (Fernando Vicente)
La mujer con la que convivo en la isla tiene la piel tostada por el sol. Siempre lleva los pechos desnudos; son grandes, turgentes y suaves, pero prietos. De madera policromada.

Efeméride (Pedro Sánchez Negreira)
Hoy celebró el vigésimo aniversario de su incorporación a la empresa. Le corresponden, por ello, dos pagas extraordinarias y una insignia de plata que le entregarán los jefes, en cuanto dispongan de un hueco en su agenda para invitarle a una comida informal.

Ciñéndose a la tradición establecida, al final de la jornada invitó a sus compañeros de la oficina con pasteles y el mejor cava que logró encontrar en el supermercado del barrio.

Aunque el brindis se prolongó más de lo habitual, no se distrajo de su rutina diaria y antes de marcharse, como cada tarde, añadió una nueva razón a la carta de dimisión que, con incuria poética, escribe desde hace diecinueve años y trescientos sesenta y cuatro días.

Contagio (David Vivancos)
Si tras guardar cama durante días usted ya se siente bien pero observa que el termómetro, al tomarse la temperatura, sigue clavado en los treinta y ocho, no debe preocuparse. Descarte volver a llamar al médico porque, seguramente, le habrá ocurrido lo que a mí: es su termómetro el que tiene fiebre, es usted quien le ha contagiado su enfermedad.
Mi consejo es que evite sacudirlo como hasta ahora porque el mercurio seguirá sin bajar y tanta brusquedad no puede hacerle ningún bien. Reposo, baño María diario y manténgalo alejado de axilas y corrientes de aire. Son muy contraproducentes.

La intimidad correcta (Manuel Rebollar Barro)
Esperas a que se haga más de noche, ya sabes cómo es el vecindario y lo que dirían si te vieran salir a estas horas. Ya está, es el momento, ya no hay luces que puedan delatarte. Aprovechas la oscuridad y avanzas por el callejón hasta llegar al garito que, oculto, te espera. Saludas al portero, entras y vas al baño de caballeros. Cierras con pestillo. Ahí está. Notas la excitación, palpas el bulto de tu pantalón. Lo sacas, le quitas el capuchón y gimes de placer cuando, sobre la puerta, marcas con bolígrafo rojo las faltas de ortografía.

La presa (Miguelangel Flores)
Al principio siempre se lo toman a broma, y cuando ven que va en serio, ya no pueden hacer nada. Mi madre los trata muy bien y, mientras beben, les habla con mucho cariño. Nosotros, debajo de la mesa, no aguantamos la risa cuando se empiezan a quedar como tontos. Y les pellizcamos las piernas al ver que ya no pueden moverlas. Me gustan esos días, son divertidos. Me chiflan sus caras cuando despiertan, y quemar la ropa. Pero, sobre todo, que mamá nos guarde a los más pequeños las orejas, y que las fría mucho para que crujan.

Cagüen (Pablo Gonz)
Primer día. Sueño con mi mujer: está haciéndoselo con un indio en la ducha.

Segundo día. Contrato a un detective privado para que la vigile.

Tercer día. Mi mujer me dice que se va de casa, que ha conocido a «un hombre superinteresante, detective privado, no te digo más.»

Cuarto día. Pronuncio diez mil ochocientas veces la palabra «cagüen.»

Malvivir y pis de gato (Por Propílogo)
La idea del suicidio

es un enorme gato suave.

Se deja acariciar,

te murmulla un placer

grave y definitivo.

Luego se va

y te deja con la mano

en el aire,

vacía y pensativa.

Y vuelve otro día

el suicidio felino

y acomoda su lomo

bajo tu mano -que ya es su mano-

y se la pone en el lomo

cuando quiere,

porque eres suyo.

Eres el suicida intermitente

de un gato que viene y va.

 

Malvivir

es la ausencia del gato

y el olor de su pis

en tus pantalones.

Anuncios

6 respuestas a Pura envidia

  1. Pingback: Para empezar el año con buen pie | En mal estado

  2. Gracias por tu generosidad, Pablo. Me ha encantado ver un texto mío al lado de otros escritos por compañeros extraordinarios.
    Un abrazo agradecido.

  3. Kum*... dijo:

    Gracias, Pablo. Es un gustito ver mi micro entre nombres tan ilustres. Mucha gente conocida y querida, por cierto. Y buenísimos los relatos.

    Pasaré de vez en cuando por aquí a deleitarme con tu selección.

    Gracias con sombrero.

  4. Pingback: La premiitaj kun “la #faritos2011″ estas | Trapseia

  5. Da como gustirrinín en el estomago verse entre tantos grandes. Muchas gracias, Pablo, de verdad. Oye, todavía estás a tiempo, casi nadie lo ha visto…
    Un abrazo, ya por siempre.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s