Pasillo de plumas

Anapoima, de Yassef Briceño García

Anapoima, de Yassef Briceño García

Ninguna bola de pelo regurgitada debería piar; eso fue lo primero que me hizo sospechar de los vómitos de mi gata. Cuando consigues controlar las arcadas, cuando eres capaz de agarrar esa masa húmeda y arcillosa y limpiarla, quitarle la primera capa de… sustancia, lo ves. Dentro siempre hay un pollo, tan minúsculo como entero. Al principio los lavaba a fondo. ¡Daba gusto verlos lucir de amarillo con todas sus plumas limpitas! Pero hasta la ilusión más sublime se desgasta con el tiempo, es inevitable.

Hay decenas ahora, quizás cientos. Están debajo de las almohadas, en los cajones de la ropa interior, sobre los fuegos de la cocina. Aunque quisiera, tampoco tendría tiempo de preocuparme de todos los que salen del hocico de mi gata. Con sacudirles un poco el barro es suficiente para que se pongan a corretear torpemente por el parqué, haciendo ese ruido de mecanografía con sus patas. Creanme si les digo que pueden resultar muy molestos. En especial esos días en los que llego a casa tan derrotado del trabajo que lo único que quiero es alcanzar el dormitorio lo antes posible, paso a paso, sin importarme el crujido de alas bajo mis pies descalzos (como de nueces rotas), y meterme en la cama con la sangre aún caliente entre mis dedos.

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Finalista del concurso del Festival del Cuento de Los Silos

Tengo la suerte de que uno de mis microrrelatos ha sido elegido finalista del II concurso de Microcuentos en Twitter, organizado por Diego Pun Ediciones e Isa Robayna dentro del XXII Festival Internacional del Cuento de Los Silos. En concretro, se trata de este:

En el blog de este festival podéis ver el tuit-microcuento ganador (realmente bella la historia de Beatriz Mesa, felicidades) y el resto de finalistas. Y, lo que es más importante, podéis conocer todo el trabajo que hay detrás de un festival de referencia en el mundo de la narración oral. Queda apuntado en la lista de tareas pendientes pasarme por allí algún año de estos.

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Mira como floto

Era un mocoso la primera vez que vi a mi padre andando sobre el agua. Fue en una acequia de riego, a las afueras del pueblo. Poca cosa, la verdad. Tenías que fijarte mucho para ver que sus pies no se hundían lo más mínimo. Con el tiempo hizo lo mismo en la alberca, en la piscina del tío Enrique e incluso en el pantano; siempre cuando nadie miraba. Excepto yo. Me guiñaba el ojo para dejar claro que era nuestro secreto. “Psch”, me decía con los ojos.

Incluso ahora, muchos años después, se empeña en seguir exhibiéndose ante mí. Cada vez le cuesta más mantenerse a flote, pero él es infatigable. Se mete en el primer charco que encuentra y me mira con orgullo, como si creyera que no puedo ver cómo se va sumergiendo.

Yo me callo y le aplaudo con desgana.

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Ca-ba-llu

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La primera palabra que dijo el nene fue “Anya”. La balbuceaba con lengua de trapo mientras extendía los brazos hacia su madre, desesperado porque le cogieran. Luego llegaron otras, todas igual de incomprensibles; que si “Víz” por aquí, que si “Kenyér” por allá. No había manera de entenderle. Comprendí lo que pasaba el día que le pillé cambiando el idioma de los capítulos de ‘Dora, la exploradora’.

– Cristina, el niño habla húngaro.

Decidimos no darle más importancia, seguramente solo era una forma de llamar la atención. De todas formas, no íbamos a quererle menos por una tontería así. Pero hoy el nene ha amanecido con grandes bigotes, con grandes bigotes a la húngara, imaginamos. Habla con voz profunda, soltando palabras rudas que ni su madre ni yo entendemos. De fondo, muy a lo lejos, nos parece escuchar violines y címbalos cada vez que abre su boquita de piñón.

– Ca-ba-llu –dice haciendo un esfuerzo por hablar nuestro idioma–. Nesecito un ca-ba-llu.

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Libros de verano

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Hay libros de verano, igual que hay cerezas y adolescentes en moto durante unos meses del año. Es fácil reconocerlos por su olor a crema solar, por la arena de playa que cucarachea entre sus páginas, por las marcas que dejaron algunas gotas de agua, como lunares de palabras arrugadas. Pesan más, mucho más que otros libros, de todo el sol que se quedó dentro. Y lucen un moreno albañil, a franjas, entre párrafo y párrafo.

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Huele a cirio por las noches

A medianoche salen todas nuestras abuelas de rezar el rosario. Basta escuchar la puerta de la iglesia para saber que son ellas (hace años que nadie más va por allí). Recorren las calles del pueblo haciendo surcos en la tierra con sus andadores y bastones. Se oye el tintineo de cuentas y cruces, incluso el susurro de alguna vieja que continúa con sus oraciones. Y, sin embargo, nunca las vemos.

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Diga treinta y tantos

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Llega zumbado una nueva criatura. Se llama ‘Diga treinta y tres’ y es una recopilación de otros tantos microrrelatos que han ido saliendo en este blog desde que abriera sus puertas. La diferencia es que ahora están “vestidos de domingo” gracias a Valbo, una plataforma digital que puede ser una buena opción para muchos escritores.

Es gratis, así que pueden descargárselo sin compromiso pinchando aquí. Y si no quedan satisfechos, alguien les devolverá su dinero. Estoy casi seguro.

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