Trabajo acuátil

Nadie sabe por qué hizo un jardín junto al mar, bien pegado a la orilla. Aprovechaba la bajamar para romper la tierra de la playa con el rastrillo. Daba gusto verlo trastear con la arena, colocar suave cada semilla, bailar después con la regadera.

Todos los días terminaba empapado en sudor, con el sol resbalándole por la piel, y se quedaba vigilando su trocito de edén para evitar, entre palmas y jadeos, que las gaviotas robaran el grano. Solo cuando el mar subía y las olas lo cubrían todo, se marchaba a la taberna orgulloso del trabajo hecho.

 


 

Con este microrrelato probé suerte, sin resultado, en el II Concurso de Microrrelatos del Club de Lectura UNED Ávila. El requisito era incluir una frase de este poema de Antonio Machado. Pinchando aquí podéis acceder al ganador y finalistas.

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Salar a mano

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Despertarme a media noche y agarrarme a ti, como tantas otras veces. Con ansia viva, igual que un viejo acude a su andador. Taca-taca. Tu corazón late raro.

Y en el lugar donde debería estar un brazo, palpar una pierna. Y donde la pierna, una cabeza. La tuya, espero. Y recorrer un costillar repleto de escamas de río (trocitos de pez por toda la almohada). Y en el culo, en alguna zona indeterminada entre el hígado y el astrágalo, te crecen plumas de colores. A estas alturas de la vida, dirían tus ancestros.

Y cosido a un pezón, la etiqueta. Y leer: “80 por ciento inmoralidad, 20 por ciento costumbres”. Y también: “Salar a mano”. Y dudar por un momento de nosotros mismos, de saber darnos el punto justo, de no quedarnos sosos. Tú ya sabes.

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Ante el riego de morir asfixiado

Foto de Ángel M. Felicísimo

Foto de Ángel M. Felicísimo

Se trata de peinarse pelo a pelo, uno a uno, sin aturullar. El truco está en coger el peine como si fuera un bisturí, tan fácil como eso. O tan complicado. Luego hay que diseccionar la melena en fracciones mínimas; a poder ser en cabellos primos, indivisibles.

Cuando acabes con toda la cabeza habrá algún pelo que te haya llamado la atención. Seguro que lo hay, siempre ocurre. Quizás por ser más delgado que el resto, o más gordo; tal vez por su brillo o su total oscuridad. Recuerda donde estaba y rescátalo del anonimato de la mata amorfa. Córtalo, nunca de raíz. Utiliza una navaja para hacerlo.

Enróllalo en el dedo gordo del pie derecho (si te lías, es uno de de los dos que están en los extremos, no tiene pérdida) y ponte el calcetín, por favor. Guárdalo todo (pelo, dedo, píe y calcetín) con calzador dentro del zapato y ata los cordones para que nada escape.

En el zapato que queda libre metes una piedra a modo de contrapeso. Y pruebas su tacto con la planta del otro píe. Cierra también. Átalo rápido; que nada escape. Acuérdate de esto.

Te aconsejo (esto no es obligatorio) que te tapes la cabeza con una bolsa. A partir de ahora no te va a hacer ningún bien ver lo que ocurre. Aquí no hay que atar nada porque corres el riego de morir asfixiado. Deja el plástico libre, como una falda sobre la moto. Puedes llevar un par de palillos en la boca para tantear la bolsa y asustar al vecino; para dar algo de estructura, ¿me entiendes?

No olvides el paraguas en días como hoy. Lúcelo abierto, que sea tu orgullo, pero no permitas que sea él quien te lleve. Déjale bien claro quien manda aquí. Si hace sol, ponte las gafas. Por encima de la bolsa, claro. ¿Qué preguntas haces? Las gafas van siempre por encima; los palillos, que son la estructura de todo, por debajo.

Así debes salir de casa cuando sea domingo. ¿Lo tienes claro? Tú sales y paseas. Y cuando choques contra una pared tiras un dado. Si lo vuelves a encontrar en el suelo, giras a la derecha. Y si no, a la izquierda. Si, por casualidad, en lugar del dado encontraras alguna piedra preciosa ( no sé qué decirte… una perla, un rubí, no sé). Te das la vuelta y regresas a casa corriendo. ¿Me oíste? ¡Corriendo! Y una vez aquí te quitas las gafas, la bolsa y los palillos; sin prisa pero sin calma. Y vuelves a peinarte, pelo a pelo. Ya sabes cómo.

Pides factura de todo; al menos que te hagan un tique. Y me lo pasas, que yo me encargo. Sabes que lo haré.


Este “invento” fue escrito durante el taller de la USAL que esta semana ha impartido en Ávila el artista uruguayo Martín Barea Mattos. Es el resultado de un ejercicio en el que vas recibiendo distintos objetos, cada 3 o 4 minutos, que debes integrar en una misma historia. En este caso: un peine, una navaja, un calzador, una piedra, una bolsa de plástico, unos palillos, un paraguas, unas gafas de sol, un dado, una perla y un tique. 

También utilizamos la técnica cut-up o de recortes, en concreto el doblado. Coges dos hojas de diferentes textos, las cortas por la mitad y combinas las lineas, de tal manera que cada frase o verso tiene una mitad de un texto y otra mitad de otro. Yo utilicé el escrito que hay más arriba y un par de poemas de Javier Hernando Herráez:

Se trata de serenarse.

Pelo, uno a uno, esponjarse.

El truco esta en construir como si fuera la espera.

Fácil como esa paciencia de los depredadores.

Luego hay que atender a lo que está ocurriendo.

Melena en frascuelo. ¡Qué cosas tienes!

Ser en cabello, pues sabes contar las vértebras de los invertebrados.

Invisibles los ojos en cualquier sitio.

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Pasillo de plumas

Anapoima, de Yassef Briceño García

Anapoima, de Yassef Briceño García

Ninguna bola de pelo regurgitada debería piar; eso fue lo primero que me hizo sospechar de los vómitos de mi gata. Cuando consigues controlar las arcadas, cuando eres capaz de agarrar esa masa húmeda y arcillosa y limpiarla, quitarle la primera capa de… sustancia, lo ves. Dentro siempre hay un pollo, tan minúsculo como entero. Al principio los lavaba a fondo. ¡Daba gusto verlos lucir de amarillo con todas sus plumas limpitas! Pero hasta la ilusión más sublime se desgasta con el tiempo, es inevitable.

Hay decenas ahora, quizás cientos. Están debajo de las almohadas, en los cajones de la ropa interior, sobre los fuegos de la cocina. Aunque quisiera, tampoco tendría tiempo de preocuparme de todos los que salen del hocico de mi gata. Con sacudirles un poco el barro es suficiente para que se pongan a corretear torpemente por el parqué, haciendo ese ruido de mecanografía con sus patas. Creanme si les digo que pueden resultar muy molestos. En especial esos días en los que llego a casa tan derrotado del trabajo que lo único que quiero es alcanzar el dormitorio lo antes posible, paso a paso, sin importarme el crujido de alas bajo mis pies descalzos (como de nueces rotas), y meterme en la cama con la sangre aún caliente entre mis dedos.

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Finalista del concurso del Festival del Cuento de Los Silos

Tengo la suerte de que uno de mis microrrelatos ha sido elegido finalista del II concurso de Microcuentos en Twitter, organizado por Diego Pun Ediciones e Isa Robayna dentro del XXII Festival Internacional del Cuento de Los Silos. En concretro, se trata de este:

En el blog de este festival podéis ver el tuit-microcuento ganador (realmente bella la historia de Beatriz Mesa, felicidades) y el resto de finalistas. Y, lo que es más importante, podéis conocer todo el trabajo que hay detrás de un festival de referencia en el mundo de la narración oral. Queda apuntado en la lista de tareas pendientes pasarme por allí algún año de estos.

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Mira como floto

Era un mocoso la primera vez que vi a mi padre andando sobre el agua. Fue en una acequia de riego, a las afueras del pueblo. Poca cosa, la verdad. Tenías que fijarte mucho para ver que sus pies no se hundían lo más mínimo. Con el tiempo hizo lo mismo en la alberca, en la piscina del tío Enrique e incluso en el pantano; siempre cuando nadie miraba. Excepto yo. Me guiñaba el ojo para dejar claro que era nuestro secreto. “Psch”, me decía con los ojos.

Incluso ahora, muchos años después, se empeña en seguir exhibiéndose ante mí. Cada vez le cuesta más mantenerse a flote, pero él es infatigable. Se mete en el primer charco que encuentra y me mira con orgullo, como si creyera que no puedo ver cómo se va sumergiendo.

Yo me callo y le aplaudo con desgana.

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Ca-ba-llu

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La primera palabra que dijo el nene fue “Anya”. La balbuceaba con lengua de trapo mientras extendía los brazos hacia su madre, desesperado porque le cogieran. Luego llegaron otras, todas igual de incomprensibles; que si “Víz” por aquí, que si “Kenyér” por allá. No había manera de entenderle. Comprendí lo que pasaba el día que le pillé cambiando el idioma de los capítulos de ‘Dora, la exploradora’.

– Cristina, el niño habla húngaro.

Decidimos no darle más importancia, seguramente solo era una forma de llamar la atención. De todas formas, no íbamos a quererle menos por una tontería así. Pero hoy el nene ha amanecido con grandes bigotes, con grandes bigotes a la húngara, imaginamos. Habla con voz profunda, soltando palabras rudas que ni su madre ni yo entendemos. De fondo, muy a lo lejos, nos parece escuchar violines y címbalos cada vez que abre su boquita de piñón.

– Ca-ba-llu –dice haciendo un esfuerzo por hablar nuestro idioma–. Nesecito un ca-ba-llu.

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