¡Necesito tu ayuda!

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Mis hermanos y yo le regalamos a papá un móvil con botones grandes. Los números son enormes. Gigantescos. Monstruosos.

Si vierais ese uno… es como una carretera a Las Vegas.

Con el anterior teléfono me mandaba mensajes sin espacios. “Vasatardar”, me puso un día que llegué tarde. Sin espacios ni interrogaciones. “Vasatardar”, decía la pantalla. 

Pero con el nuevo móvil ni siquiera tiene que escribir. Se lo compramos con una botón rojo de emergencia que, solo con pulsarlo, manda un mensaje de auxilio a los contactos más cercanos. “¡Necesito tu ayuda!”, avisa, con sus espacios y sus exclamaciones. Terroríficamente correcto.

La primera vez que recibí uno de esos mensajes me paralicé. Esas exclamaciones parecían apuntarme a mí directamente, no sé si me explico. Pero con el paso del tiempo uno se acostumbra a todo.

Mis hermanos y yo recibimos una media de cinco mensajes de esos cada día. A papá se le pulsa el botón cada vez que se sienta y se levanta, cuando pone a cargar el móvil, siempre que intenta sacar la cartera. El impacto inicial ha perdido fuerza y nosotros, sus hijos, seguimos haciendo nuestra vida. Sabemos que es una falsa alarma. Y aún así, todos lo sentimos. Nunca lo he hablado con ellos pero sé que también lo notan. Los signos de exclamación… nos… apuntan… directamente.

 


 

Escrito realizado para el taller de escritura de Matías Cañorroto. Más información de esta actividad, por aquí.

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Pelos en el baño

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Tengo dos gatas. Cualquiera que haya estado en mi casa y sepa contar lo sabe. Llenan las habitaciones de pelos y de un ruido nervioso de arañazos sobre la tarima. Pero sobre todo de pelos. Un gato es 95 % pelo y 10 % uñas.

Por eso hay veces que se vomitan a sí mismas. Vomitan bolas de pelo en un proceso de autodestrucción muy parecido a la escritura. Afortunadamente lo suyo tiene solución. Basta con darles malta, una pasta color miel que ellas engullen a lametazos.

Una vez cometí el error de dárselo mientras estaba en el baño. Ustedes ya saben; ahí se producen ratos muertos, eso es innegable. Y desde entonces me acompañan al vater como perritos falderos.

Se me quedan mirando fijamente. O dibujan ochos entre mis piernas y ronronean, que es el suplicar de los gatos. Y yo también les suplico, les suplicó intimidad, pero ellas en cuestiones de comida no escuchan lo que no les interesa.

No siempre les doy malta y ahí está el problema. A veces voy con prisa o estoy despistado o simplemente me enfado con ellas por esa insistencia tan suya. Y, como digo, ahí está el problema.

Lo vi en un documental. Es precisamente la incertidumbre lo que crea la adición. El premio arbitrario es lo que te engancha. Por eso sigues echando monedas a la máquina tragaperras, por eso nunca no sabes cuándo parar. Tan sencillo como creer que a la próxima podría ocurrir. A la próxima será, piensan mis gatas. Y me miran muy atentas mientras estoy en el baño.

 

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Maraca(ca)

La caca de mara  es anaranjoverdosa, verdorosamente atufada.

Es hipotonica, es laxa, se amolda. Es mortal y cosa. Es canela en rama.

La esencia del mar egeo sin calma.

Con grumetes a nado. Y grumos en granos.

Con carpas al fondo. Al fango. Sin rango.

Agüita de Valencia en vena. ¿Quién dijo penas?

Muesli casero lactante. Me tienes todo el día expectante.

El pum que te explota en la mano. Y desborda.

Arrasa por donde pasa. ¡En cuarentena! ¡¡Zona cero!!

El pim que rebasa fronteras. Residuos fuera.

Caldo primigenio y biodinámico. Sopa de la vida.

Dióxido de carbono. Nitrógeno. Poquiiiito oxígeno.

Chernobyl está más cerca a tu vera.

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Ante su inminente llegada a casa, debe usted saber:

1. Aquí el 6 se escribe al revés. Practica.

2. Aquí las gatas tienen ojos, no sé en otras casas. Nunca menos de uno ni más de dos.

3. Aquí las costillas son cóncavas para facilitar el descanso por apilamiento de cuerpos. Siempre hay alguien encima de alguien dormitando a la hora de la siesta.

4. Aquí sobre todo hay libros. Libros que te vigilan desde las estanterías. Libros que duermen en cajas. Libros en el sofá, en la mesilla de noche, por el suelo, comiéndole espacio a la alfombra.

5. Aquí se suda. Que lo sepan tus poros. No es que haga calor. Ocurre que fuera hace un frío que empaña hasta el cristal del microondas.

6. Aquí la lavadora (ojos: uno) gira al revés y… por lo tanto… es algo fácil de deducir… saca la ropa más sucia de lo que estaba.

7. Sin ambages: aquí sobre todo hay libros. No me gustaría ponerme pesado, pero tampoco quiero que haya dudas a este respecto.

8. Aquí, cuando algo nos gusta, ronroneamos. Cuando algo nos gusta mucho, ronroneamos mucho. No escatimes en esto.

9. No me vengas con que eres muy pequeña. No me cuentes que tú utilizas pañales. Aquí somos muy estrictos con cambiar el rollo del papel higiénico cuando se acaba. No nos gustaría echarte por una tontería así.

10. Lo de los libros. Acuérdate de lo de los libros.

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La niña del pie mecedora

La niña del pie mecedora nació así para acunarse sus propios sueños.

Y tiene orejas en punta con la intención de pinchar las palabras al vuelo.

Se ha llenado el cuerpo de arrugas para guardar en los pliegues las prisas.

Así, en calma, muestra el hocico húmedo de leche, como una fiera satisfecha.

Las uñas como alfileres, las ancas como las ranas. Un pequeño monstruoso gaseoso, repleto de astrovirus.

A veces bizquea y el universo se queda atrapado en las pinzas de sus ojos.

En otras ocasiones, se le cae la maldad del mundo del ombligo, pequeña y negra por contraste a ella.

La niña del pie mecedora me mira y me guiña un ojo.

“Sube si quieres, rey moro”, creo que me dice. Y luego me acuna en su pezuña-balancín.

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Cena (rica en fibra) para dar a luz

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Sopa pasta… para el camillero que al paritorio nos arrastra.

Croquetas de pescado… para la nena del nacimiento acelerado.

Ensalada variada… para la madre dilatada.

Pan integral… para el padre que pide la epidural.

Y fruta… para cerrar la gestación irresoluta.

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El chunda-chunda de mi pequeña inoportuna

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Chunda, chunda, chunda, chunda, chunda, chunda (tu corazón).

Nada de “pum-pum”. El “pum-pum” es para amores imposibles, dibujos animados y poetas tontos. No es el caso.

El tuyo es: chunda, chunda, chunda, chunda, chunda, chunda.

Suena a obras en el cuarto de baño.

A Ruta del Bakalo. A base de rap. A metrónomo de tonadillera.

Parecido a ese vecino que protesta a golpes de pared los días que ponemos música. Parecido pero no igual porque tú tienes poco de aguafiestas.

Idéntico al instante, cada fin de semana, en el que se sacuden las alfombras del barrio. Nuestra particular tamborrada de patio.

Mi martillo hidráulico de la M-30.

El cha-ca-cha metálico de un tren afónico.

Chunda, chunda, chunda, chunda, chunda, chunda: tu corazón en monitores.

Y, de repente (reeeeeedoble de tambores), el día menos pensado, menos indicado, menos preparado… el chunda-chunda se convierte en tic-tac.

Y todo son prisas, claro. Tic-tac. Y miedo también. Tic-tac. ¡Marzo nos queda taaaan lejos! Tic-tac.

Y tú que das golpes, pero distintos a los del vecino aguafiestas.

Aguas (rotas).

¡Fiesta!

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Mara baba

A Mara (y sus babas)

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Te voy a regalar un puñadito de pueblos de La Moraña para llamarlos Mara Villas.

Y a uno de ellos, el que tenga un aspecto más salvaje, le diremos Mara Town. A 42 kilómetros de distancia de ninguna parte, en algún lugar indeterminado entre tu corazón y el mío.

De alcaldesa de todos, tú. Marasabidilla. Marigobernanta. Guiándonos a mar abierto ante el oleaje y los mareos, manteniéndonos a flote. Marejada-marejadilla, la niña del timón de flores.

Tu voz de maraca y maracuyá como faro en la tormenta. Cada beso (alguna vez se te escaparán), un gol en Maracaná. ¡Un goooooooool de Maradona!

El público enfervorecido y tu haciendo marabarismos con mi existencia: arrojando al aire miedos para luego recogerlos y colocarlos en un equilibrio imposible. La auctoritas paterna por los suelos. Maramente (tra, tra) 

Mara hablada también, a veces. Mara baba cuando sea necesario, nena de marzo. De cuando en vez es preciso enseñar el colmillo, mostrarse fiera ante la marabunta.

Pero en otras ocasiones… ¡ya verás! El mundo te estallará en las narices con todo su esplendor. ¡Pum! ¡Pam! Marasmo por tanta belleza. 

Y entonces tu sonrisa de maravedí, que también escocerá a algunos. Y a mí, estoy casi seguro, me volverá maraja, tar… tar… tarjata, disléxico del todo.

Maraembelesado hasta las puntas de los iris.

Maracontecido ante tales circunstancias.

https://open.spotify.com/embed/track/4sz9jOwVRsTjeTl41esG6f

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Mala baba

Tener en las manos tu libro, tu propio libro, ha sido una de las experiencias inolvidables que me deja este 2018. Acariciarle el lomo, rascarle los rincones, sacudirle las costuras. La criatura se llama ‘Mala baba’ y ha sido publicada por la Editorial Titanium.

Se trata un libro de relatos con un hilo común que une sus 18 historias: la crueldad. “La crueldad no como un elemento ajeno, sino como un parte innata del ser humano. Personajes resentidos, violentos y malvados, atrapados en sus propias miserias; familias aparentemente estructuradas pero reventadas en lo interno; la sociedad de los desfavorecidos amorales narrada a golpe de monólogo interno”, se puede leer en la contraportada.

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La publicación de este libro supone el punto final a tres años de trabajo, una labor que ha pasado por distintas etapas y estados de ánimo. Gran parte de esa tarea la he tenido que realizar en solitario (yo ante el teclado, cara a cara), pero hay un porcentaje muy importante de ‘Mala baba’ que se ha hecho ‘en equipo’.

De hecho, varios de los relatos pasaron por el taller de Eloy Tizón en Hotel Kafka y fueron mejorados por las aportaciones del propio Tizón y de mis compañeros: Matilde Tricarico, María José Beltrán, Juan Carlos Muñoz, Pablo Casanueva, Jesús Castro, Rafael González y Piti. Además de sus consejos, ellos me dieron los ánimos que entonces necesitaba para seguir adelante con el proyecto.

Y cuando todo estaba a punto de terminar, mis ‘lectores cero’, cinco personas que desmenuzaron sin piedad el primer borrador del caracol para ver dónde flaqueaba. Gracias por esa labor impagable (literal) que hicieron José María López, Guillermo Buenadicha, Ánzoni Martín, Miguel Ángel Pegarz y Carolina Ares.

Gracias, desde luego, a la Editorial Titanium, por confiar en este libro y por la labor tan profesional que han realizado hasta el momentos.

Y gracias infinitas también a mis ‘lectores menos uno’, aquellos que tienen que aguantarme día a día mis neuras y paranoias: mi familia y, muy especialmente, Elisa. Ni os imagináis la paciencia que puede llegar a tener esa mujer.

Sin todos ellos no hubiera sido posible parir una babosa que se presenta el jueves 13 de diciembre en Ávila y el viernes 21 en Madrid.

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¡Ah! Y la banda sonora del libro corre a cargo de Micah P. Hinson.

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Calor en las pantorrillas

A finales de mes, cuando la calefacción escasea, se suele poner debajo de la falda las medias de fútbol de su nieta, las que le sobran de otras temporadas. A veces tiene que zurcir algún roto que dejó un taco desalmado a media pierna. ¡La guerra que dio en la mercería hasta encontrar el rojo exacto de la franja! Las estira bien y luego se santigua. Si por casualidad se encuentra un cojín tirado en el salón, da un par de pasos hacia atrás para coger carrerilla y lo patea contra el sofá.

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Foto de @RayoFemenino

[Microrrelato enviado, sin resultado alguno, al concurso de microrrelatos del Rayo Vallecano]

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