Papeles de colores

A papá le quitamos el polvo una vez por semana. O antes si tenemos visita. Con pasarle el plumero por encima es suficiente, pero los días que andamos bien de tiempo le echamos Cristasol en las pupilas, le sacudimos el pelo a bayetazos, le cepillamos los pliegues, que es donde más ácaros se acumulan.

Antes, digo antes, le soplábamos por dentro del oído. Hasta ese punto llegábamos. Pero ya no lo hacemos porque de la otra oreja le sale disparado un confeti molestísimo y persistente que se desparrama por el salón, que se esconde por debajo del sofá y el aparador, que nos recuerda lo que un día fue.

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Vírgenes de la serranía

Si alguna vez se quejaba porque su miserable vida no era más que ovejas y carneros (y pisar las cagadas de las ovejas y los carneros), su padre le recordaba que algo tendrá el oficio cuando todas las vírgenes han salido siempre a pastores. “El día menos pensado vas a por un borrego enredado en las zarzas y te encuentras de sopetón con la del Espino”, bromeaba.

Pero el muchacho se lo tomaba muy en serio. Incluso se había fijado en que María Santísima se aparecía siempre cerquita del agua. Mira la Virgen de las Fuentes, que surgió como de la nada en medio de la laguna. O Nuestra Señora de Rihondo, la que brotó igual que un junco en los márgenes del río. Les gustaba los charcos más que a su padre una cántara de vino.

Por eso el día que pasó con el rebaño por Fuente Buena y vio menearse aquellos arbustos, el zagal se quitó la boina para repeinarse el flequillo con saliva. Se estiró entero, como cuando entraba en misa, y caminó al encuentro de su destino. Le temblaban un poco las manos cuando apartó las ramas para descubrir, escondido entre el follaje, al tío Emilio de cuclillas, con todo el violeta de los cantuesos reflejado en el rostro por tanto esfuerzo.


 

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Con este microrrelato he tenido la suerte de ser finalista del I Certamen de Microrrelatos de Cabezas del Villar. El lema del concurso era: “Naturaleza y vida en la Sierra de Ávila”. Felicidades a la ganadora, mi buena amiga Begoña Jiménez Canales.

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Uno de los Beatles

Borrachos

Al nene le sacan los parecidos más increíbles. “Míralo –dice mi madre–. Tiene la carita toda de Serguéi Belov, el escolta de la URSS en la década de los 70”. En casa de mi mujer se debaten entre uno de los borrachos de Velázquez (“el más sala’o, el que sonríe a cámara”, aclara mi suegro) y el San Juan de la Hermandad del Gran Poder de Sevilla.

Incluso por la calle nos paran los desconocidos para hacer monerías al niño y aprovechan la ocasión para decirnos, con gesto de puro asombro, que es clavadito a no se qué escritor portugués, que tiene un aire a uno de los Beatles.

Mi mujer y yo sonreímos y decimos a todo que sí. Aceleramos el paso con disimulo para llegar lo antes posible a casa. Hay que bañar al nene, darle la cena, quitarle los restos de papilla del bigote, acostarlo. Luego nos pasamos horas enteras mirando como nuestro ángel simplemente duerme en paz. ¿Qué importa que ronque un poco?

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Trabajo acuátil

Nadie sabe por qué hizo un jardín junto al mar, bien pegado a la orilla. Aprovechaba la bajamar para romper la tierra de la playa con el rastrillo. Daba gusto verlo trastear con la arena, colocar suave cada semilla, bailar después con la regadera.

Todos los días terminaba empapado en sudor, con el sol resbalándole por la piel, y se quedaba vigilando su trocito de edén para evitar, entre palmas y jadeos, que las gaviotas robaran el grano. Solo cuando el mar subía y las olas lo cubrían todo, se marchaba a la taberna orgulloso del trabajo hecho.

 


 

Con este microrrelato probé suerte, sin resultado, en el II Concurso de Microrrelatos del Club de Lectura UNED Ávila. El requisito era incluir una frase de este poema de Antonio Machado. Pinchando aquí podéis acceder al ganador y finalistas.

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Salar a mano

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Despertarme a media noche y agarrarme a ti, como tantas otras veces. Con ansia viva, igual que un viejo acude a su andador. Taca-taca. Tu corazón late raro.

Y en el lugar donde debería estar un brazo, palpar una pierna. Y donde la pierna, una cabeza. La tuya, espero. Y recorrer un costillar repleto de escamas de río (trocitos de pez por toda la almohada). Y en el culo, en alguna zona indeterminada entre el hígado y el astrágalo, te crecen plumas de colores. A estas alturas de la vida, dirían tus ancestros.

Y cosido a un pezón, la etiqueta. Y leer: “80 por ciento inmoralidad, 20 por ciento costumbres”. Y también: “Salar a mano”. Y dudar por un momento de nosotros mismos, de saber darnos el punto justo, de no quedarnos sosos. Tú ya sabes.

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Ante el riego de morir asfixiado

Foto de Ángel M. Felicísimo

Foto de Ángel M. Felicísimo

Se trata de peinarse pelo a pelo, uno a uno, sin aturullar. El truco está en coger el peine como si fuera un bisturí, tan fácil como eso. O tan complicado. Luego hay que diseccionar la melena en fracciones mínimas; a poder ser en cabellos primos, indivisibles.

Cuando acabes con toda la cabeza habrá algún pelo que te haya llamado la atención. Seguro que lo hay, siempre ocurre. Quizás por ser más delgado que el resto, o más gordo; tal vez por su brillo o su total oscuridad. Recuerda donde estaba y rescátalo del anonimato de la mata amorfa. Córtalo, nunca de raíz. Utiliza una navaja para hacerlo.

Enróllalo en el dedo gordo del pie derecho (si te lías, es uno de de los dos que están en los extremos, no tiene pérdida) y ponte el calcetín, por favor. Guárdalo todo (pelo, dedo, píe y calcetín) con calzador dentro del zapato y ata los cordones para que nada escape.

En el zapato que queda libre metes una piedra a modo de contrapeso. Y pruebas su tacto con la planta del otro píe. Cierra también. Átalo rápido; que nada escape. Acuérdate de esto.

Te aconsejo (esto no es obligatorio) que te tapes la cabeza con una bolsa. A partir de ahora no te va a hacer ningún bien ver lo que ocurre. Aquí no hay que atar nada porque corres el riego de morir asfixiado. Deja el plástico libre, como una falda sobre la moto. Puedes llevar un par de palillos en la boca para tantear la bolsa y asustar al vecino; para dar algo de estructura, ¿me entiendes?

No olvides el paraguas en días como hoy. Lúcelo abierto, que sea tu orgullo, pero no permitas que sea él quien te lleve. Déjale bien claro quien manda aquí. Si hace sol, ponte las gafas. Por encima de la bolsa, claro. ¿Qué preguntas haces? Las gafas van siempre por encima; los palillos, que son la estructura de todo, por debajo.

Así debes salir de casa cuando sea domingo. ¿Lo tienes claro? Tú sales y paseas. Y cuando choques contra una pared tiras un dado. Si lo vuelves a encontrar en el suelo, giras a la derecha. Y si no, a la izquierda. Si, por casualidad, en lugar del dado encontraras alguna piedra preciosa ( no sé qué decirte… una perla, un rubí, no sé). Te das la vuelta y regresas a casa corriendo. ¿Me oíste? ¡Corriendo! Y una vez aquí te quitas las gafas, la bolsa y los palillos; sin prisa pero sin calma. Y vuelves a peinarte, pelo a pelo. Ya sabes cómo.

Pides factura de todo; al menos que te hagan un tique. Y me lo pasas, que yo me encargo. Sabes que lo haré.


Este “invento” fue escrito durante el taller de la USAL que esta semana ha impartido en Ávila el artista uruguayo Martín Barea Mattos. Es el resultado de un ejercicio en el que vas recibiendo distintos objetos, cada 3 o 4 minutos, que debes integrar en una misma historia. En este caso: un peine, una navaja, un calzador, una piedra, una bolsa de plástico, unos palillos, un paraguas, unas gafas de sol, un dado, una perla y un tique. 

También utilizamos la técnica cut-up o de recortes, en concreto el doblado. Coges dos hojas de diferentes textos, las cortas por la mitad y combinas las lineas, de tal manera que cada frase o verso tiene una mitad de un texto y otra mitad de otro. Yo utilicé el escrito que hay más arriba y un par de poemas de Javier Hernando Herráez:

Se trata de serenarse.

Pelo, uno a uno, esponjarse.

El truco esta en construir como si fuera la espera.

Fácil como esa paciencia de los depredadores.

Luego hay que atender a lo que está ocurriendo.

Melena en frascuelo. ¡Qué cosas tienes!

Ser en cabello, pues sabes contar las vértebras de los invertebrados.

Invisibles los ojos en cualquier sitio.

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Pasillo de plumas

Anapoima, de Yassef Briceño García

Anapoima, de Yassef Briceño García

Ninguna bola de pelo regurgitada debería piar; eso fue lo primero que me hizo sospechar de los vómitos de mi gata. Cuando consigues controlar las arcadas, cuando eres capaz de agarrar esa masa húmeda y arcillosa y limpiarla, quitarle la primera capa de… sustancia, lo ves. Dentro siempre hay un pollo, tan minúsculo como entero. Al principio los lavaba a fondo. ¡Daba gusto verlos lucir de amarillo con todas sus plumas limpitas! Pero hasta la ilusión más sublime se desgasta con el tiempo, es inevitable.

Hay decenas ahora, quizás cientos. Están debajo de las almohadas, en los cajones de la ropa interior, sobre los fuegos de la cocina. Aunque quisiera, tampoco tendría tiempo de preocuparme de todos los que salen del hocico de mi gata. Con sacudirles un poco el barro es suficiente para que se pongan a corretear torpemente por el parqué, haciendo ese ruido de mecanografía con sus patas. Creanme si les digo que pueden resultar muy molestos. En especial esos días en los que llego a casa tan derrotado del trabajo que lo único que quiero es alcanzar el dormitorio lo antes posible, paso a paso, sin importarme el crujido de alas bajo mis pies descalzos (como de nueces rotas), y meterme en la cama con la sangre aún caliente entre mis dedos.

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