Millones a cascoporro

Lo raro fue ver a Celedonio llorando a moco tendido, sobre todo porque los muchachos del pueblo creíamos que los ciegos tenían esa parte del cuerpo inutilizada. Alguien le preguntó que a qué venía tanto drama mientras el resto de vecinos, locos de alegría, le daban al vino y al champán. “No sé, majo, pero ha sido enterarme de lo del premio y sentir un no sé qué en el estómago… como un mal presagio”, respondió entre hipos. Tampoco es que nos preocupara mucho tan absurdo berrinche, la verdad. La fiesta continuó a lo largo del día. Y de la noche, claro.

Cuando saltó la liebre, yo andaba con Bermejo en su garaje. Pasábamos mucho tiempo allí mirando la Mobilette que podríamos conducir en cuanto cumpliéramos un año más, solo un año más. La mayoría de las veces nos limitábamos, casi sin hablar, a observar esa antigualla que el padre de mi amigo compró hace mil siglos. Cuando no había nadie en casa nos atrevíamos a arrancarla y los miércoles, ocurriera lo que ocurriera, engrasábamos la cadena. El día en cuestión apareció Marga para decirnos lo del premio. “Dejad de hacer el bobo que han tocado 76 millones de euros a alguien del pueblo”. Nos faltó tiempo para salir disparados hacia la plaza con el ansia de vivir en directo el único acontecimiento interesante que ocurría en estas tierras desde que Manolito ‘Pañuelos’ sacara un nabo de cinco kilos de su huerto.

Ya estaban todos borrachos o bien encaminados cuando llegamos y más de uno hizo el ridículo ante las cámaras de los muchos periodistas que invadieron nuestra humilde villa. Cuando lo del tubérculo de Manolito ‘Pañuelos’ solo vino un fotógrafo de la prensa local y durante los últimos meses ningún medio se había dignado a pasarse por allí para hacerse eco de nuestras protestas contra el anunciado cierre del colegio. Únicamente salimos en la tele cuando fuimos a manifestarnos a la ciudad, un par de minutos en el informativo local que sirvieron para que mi madre sintiera “vergüenza ajena” del Patalajo, que “vaya imagen del pueblo que da esa piltrafa de hombre”.

El Patalajo es nuestro alcalde desde siempre. Al menos nadie recuerda a otro ocupando la dormilona del Ayuntamiento. El día del Euromillón, como hace siempre en las fiestas de San Benito y en la romería a la ermita, salió a la balconada de la Casa Consistorial. En esta ocasión nos anunció, en medio de una merluza general –hasta la Marga dio varios sorbos a un litro de cerveza-, que se comprometía a construir el tan ansiado polideportivo junto al frontón y que, como no podría ser de otra forma, llevaría el nombre del premiado como agradecimiento a su aportación económica.

La verdad es que a nadie parecía importarle que a esas alturas de la noche continuara sin salir el afortunado, pero los problemas no tardaron en llegar. El primero, cuando el hijo de Ventura fue a cerrar el bar, a las tantas de la madrugada, y preguntó que quién iba a hacerse cargo de la dolorosa. “Aquí mucho pedir, mucho pedir, pero poco de pagar”, dijo mientras mostraba una lista interminable con todas las botellas de espumoso y tintorro que había servido desde que Celedonio comenzara a llorar, allá por la hora de la siesta. Se hubiera llegado a las manos de no mediar nuestro insigne munícipe, quien, moña hasta las trancas, acertó a balbucear que la cuenta se saldaría al día siguiente, nada más conocerse el nombre, mote y familia del vecino agraciado con 76.611.579 euros. Ahí es nada.

Creo que el único que no envidiaba al anónimo afortunado era yo. A él le habrían venido de golpe una tupa de millones, pero a mí me había tocado la lotería cuando Marga (que, como ya he dicho, andaba un poco piripi) me soltó esa misma noche que sería una buena idea que le “pidiera de salir”. Obedecí y nos besamos por primera vez entre el charco de lágrimas que había dejado el invidente del pueblo y la vomitona del primer edil.

Difícil va a ser, debido a mi condición de enamorado, ofrecer un relato fiel de lo que ocurrió en los días posteriores. Puedo asegurar, eso sí, que casi de forma inmediata comenzaron las obras del pabellón municipal, pues Marga y yo aprovechábamos la caseta de obra para tener nuestros momentos de intimidad nocturna. Por eso volvíamos a casa manchados de yeso, cemento y pintura, e incluso con tiras de esparto en el pelo.

No todo era pecar, la verdad es que también hablábamos. A ella le preocupaba mucho el cierre del colegio, no porque tuviéramos que trasladarnos a otro, sino porque su padre era el conserje del centro. Si no encontraba algún trabajo en los próximos meses, toda la familia tendría que irse del pueblo en busca de una nueva vida. Yo intentaba tranquilizarla haciéndome el héroe. Le decía que un día cogería la moto de Bermejo e iría a buscarla donde estuviera para recorrer el mundo en una Mobilette más vieja que la tos. Marga se reía y me besaba.

La verdad es que, tal y como andaban las cosas con mi amigo, sería difícil que me dejara la moto. Hacía tiempo que no acudía a las sesiones de garaje, imagínense por qué. A eso hay que añadir la tensión que se respiraba en nuestra villa, en aumento a medida que pasaban los días y no salía el nombre del millonario. Tenía que ser del pueblo porque fue sellado en el bar de Ventura y por allí no pasaba nadie que no fuera un habitual. Por eso todos comenzaron a desconfiar cuando la prensa hizo público que el premio ya había sido cobrado a través de un representante del agraciado y en una administración de la capital.

Quedó claro entonces que el muy perro no quería darse a conocer, lo que provocó un clima de desconfianza general. Todos sospechábamos de todos e intentábamos adivinar quién era el hijo de puta que tenía 76 millones de euros debajo del colchón y no era capaz de pagarse una jodida ronda de vinos. Porque esa era otra, la cuenta del día del premio seguía sin pagarse y, lo que es más grave, la empresa que construía el polideportivo andaba preguntando al señor alcalde que cómo pensaba sufragar una inversión de tal calibre si no salía a la luz el nombre del ganador.

A mí lo que me jodía era el asunto de la ropa. Para una vez que me echaba novia (o algo parecido), quería ir hecho un pincel. Esto hubiera vuelto loca de alegría a mi madre en cualquier otro momento, pero ahora nos obligaba a papá y a mí a ponernos los pantalones, camisas y jerséis más resobados. “Y este verano nada de vacaciones en la playa, todo el día en el pueblo –decía ella-. No vayan a pensar que el premio anda escondido en nuestra santa casa”.

Al padre de mi amigo, sin embargo, debía importarle más bien poco lo que dijeran en el pueblo porque justo en ese momento de paranoia colectiva se compró un señor coche, de esos con asientos calienta-culos. Siempre había sido un tío de dinero, pero un dispendio de ese calibre no pasó desapercibido. De hecho, Bermejo y su familia se convirtieron de inmediato en los principales sospechosos para casi todos los vecinos y, como tal, se les dejó de saludar y de aceptar las invitaciones en el bar de Ventura.

Incluso yo comencé a ignorar a mi amigo. En el pueblo no se cuchicheaba de otra cosa y tantos rumores llegaron a convencerme de que el premio lo tenían ellos. Siendo así, no podía entender cómo eran tan ruines. Ellos, podridos de dinero, mientras que los padres de Marga tenían que salir del pueblo para no morirse de hambre. Eso era de muy malas personas y así se lo hice saber a mi antiguo compañero de batallas mirándole de torcido cada vez que me cruzaba con él por la calle.

Por aquellas alturas, a la madre de Marga ya le había salido un trabajillo en la capital, creo que limpiando escaleras. Empezaba al día siguiente de la romería y significaba, ella y yo lo sabíamos, poner fecha de caducidad a lo nuestro. Por eso pasábamos más tiempo que nunca en la caseta de obra del polideportivo, como lo demostraban las continuas manchas de nuestra ropa. Ninguno de los dos preguntó qué iba a ocurrir a partir de ahora. Parecía que no nos importara el futuro más allá de esas cuatro paredes, aunque todo nuestro mundo estaba teñido de cierta tristeza pegajosa. Como siempre dice mi tío Cipriano, “cuando alguien dice que se va, es que ya se ha ido”.

Y así, entre silencios incómodos y besos, llegó el día de la peregrinación a la ermita. La familia de Marga comenzó a despedirse de todos los vecinos nada más salir de misa. Nosotros dos aprovechamos ese momento para escaparnos unos minutos detrás de la iglesia y decirnos adiós a nuestra manera. Al volver descubrimos que el pueblo se había convertido en un campo de batalla. Por lo que supe después, el padre de Bermejo había llegado al templo, garrota en mano, diciendo que de allí no se movía nadie hasta que saliera el malnacido que había pinchado las ruedas de su nuevo coche. Aquello fue la chispa que desató el incendio de envidias y resquemores que se venían incubando en la villa desde lo del premio.

Había guantazos y patadas por todos lados, gritos, tirones de pelos, viejas escupiendo y niños arrojando piedras. Recuerdo que me estremecí al ver cómo mamá blandía sus agujas de hacer punto. Lo peor de todo es que no quedaba claro quién iba con quien. Los padres de Marga vinieron corriendo a nuestro encuentro para llevarse a su hija a la capital y yo me quedé solo en medio de aquel zafarrancho. Casi tan enfurecido como atemorizado, busqué a Bermejo entre la marabunta de vecinos. Le encontré haciendo frente a unos chicos del pueblo que nunca nos habían caído bien. Sin mediar palabra, le empujé y, una vez en el suelo, comencé a patearle, ignoro durante cuanto tiempo.

Como pueden imaginar, nada volvió a ser igual después de aquello. El odio se podía respirar en cada calle, en el bar e incluso en la iglesia, y todo, hasta los bancos de la plaza, se dividía según los absurdos grupos que se fueron formando entre tanta hostilidad. El polideportivo se quedó a medio hacer y yo me refugié en los correos electrónicos que cada día escribía a Marga para pasar como pude el peor curso de mi vida. Ella apenas contestaba y si lo hacía no eran más que unas pocas líneas que atufaban a prisa y compromiso. A pesar de ello, insistí en volvernos a ver y conseguí quedar con ella al verano siguiente, en una cafetería de la capital.

Fue un domingo por la mañana. Llegué a la ciudad en autobús y luego cogí un taxi para ir al bar que ella había elegido. Tuve que esperar durante más de media hora hasta que Marga apareció refugiada tras unas enormes gafas de sol. Su vestido, la forma de hablar, el teléfono móvil que no paró de sonar en ningún momento… todo parecía demasiado sofisticado para una chica que un año antes andaba todo el día en chándal por un pueblo de mala muerte. Más allá de las fotos que me enseñó de su reciente viaje a Londres, no sabría explicar de qué hablamos. Imagino que nuestra conversación no pasó de ser un barullo de banalidades absurdas entre dos adolescentes que ya no tienen nada que decirse. Cuando salimos, me enseñó una moto enorme, nuevecita y brillante, que, según dijo, le acababa de comprar su padre. Rechacé orgulloso su invitación de llevarme a la estación de autobuses. Ni me molesté en recordarle que debía ser yo, a lomos de una flamante Mobilette, quien la rescatara a ella.

6 respuestas a Millones a cascoporro

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  2. Elysa dijo:

    Es un inicio que a mí se me antoja que el tema va a ser hilarante, pero no, la cosa se pone realmente fea, el dinero maldito, y deja un rastro de iquina en el pueblo. Lo he leído de un tirón deseando saber como se iba a resolver la intriga y sin sospechar en ningún momento ese final, a quien le había tocado el dinero.
    Me ha gustado.

    Besitos

  3. Muchas gracias, Elysa, por dedicar tu tiempo a leer mi relato y, lo que es mejor aún, a comentarlo. Me alegra que te guste. Un abrazo.

  4. Elisa A. dijo:

    Bueno, yo difiero de mi tocaya, para mí si es hilarante, un humor un poquillo negro e hiperbólico, pero humor al fin y al cabo. Me encantan todos los pequeños detalles que hacen que la historia se encarne, esa madre, obligando a marido e hijo a ponerse los jerséis resobados para no despertar sospechas, esa Marga tras las gafas de sol…

    Siempre es un disfrute leerte.

  5. Elisa A. dijo:

    (Ese sí con tilde, por favor, que si lo ven mis alumnos, me arrean).

    • Gracias por tu comentario, Elisa. Me alegra que te guste el relato y sus detallitos. Y vamos, mucho mejor un sí afirmativo que un si condicional, que suelen ser… más suyos, no sé como decirte. Un abrazo!

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