La niña del pie mecedora

La niña del pie mecedora nació así para acunarse sus propios sueños.

Y tiene orejas en punta con la intención de pinchar las palabras al vuelo.

Se ha llenado el cuerpo de arrugas para guardar en los pliegues las prisas.

Así, en calma, muestra el hocico húmedo de leche, como una fiera satisfecha.

Las uñas como alfileres, las ancas como las ranas. Un pequeño monstruoso gaseoso, repleto de astrovirus.

A veces bizquea y el universo se queda atrapado en las pinzas de sus ojos.

En otras ocasiones, se le cae la maldad del mundo del ombligo, pequeña y negra por contraste a ella.

La niña del pie mecedora me mira y me guiña un ojo.

“Sube si quieres, rey moro”, creo que me dice. Y luego me acuna en su pezuña-balancín.

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