Mala baba

Tener en las manos tu libro, tu propio libro, ha sido una de las experiencias inolvidables que me deja este 2018. Acariciarle el lomo, rascarle los rincones, sacudirle las costuras. La criatura se llama ‘Mala baba’ y ha sido publicada por la Editorial Titanium.

Se trata un libro de relatos con un hilo común que une sus 18 historias: la crueldad. “La crueldad no como un elemento ajeno, sino como un parte innata del ser humano. Personajes resentidos, violentos y malvados, atrapados en sus propias miserias; familias aparentemente estructuradas pero reventadas en lo interno; la sociedad de los desfavorecidos amorales narrada a golpe de monólogo interno”, se puede leer en la contraportada.

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La publicación de este libro supone el punto final a tres años de trabajo, una labor que ha pasado por distintas etapas y estados de ánimo. Gran parte de esa tarea la he tenido que realizar en solitario (yo ante el teclado, cara a cara), pero hay un porcentaje muy importante de ‘Mala baba’ que se ha hecho ‘en equipo’.

De hecho, varios de los relatos pasaron por el taller de Eloy Tizón en Hotel Kafka y fueron mejorados por las aportaciones del propio Tizón y de mis compañeros: Matilde Tricarico, María José Beltrán, Juan Carlos Muñoz, Pablo Casanueva, Jesús Castro, Rafael González y Piti. Además de sus consejos, ellos me dieron los ánimos que entonces necesitaba para seguir adelante con el proyecto.

Y cuando todo estaba a punto de terminar, mis ‘lectores cero’, cinco personas que desmenuzaron sin piedad el primer borrador del caracol para ver dónde flaqueaba. Gracias por esa labor impagable (literal) que hicieron José María López, Guillermo Buenadicha, Ánzoni Martín, Miguel Ángel Pegarz y Carolina Ares.

Gracias, desde luego, a la Editorial Titanium, por confiar en este libro y por la labor tan profesional que han realizado hasta el momentos.

Y gracias infinitas también a mis ‘lectores menos uno’, aquellos que tienen que aguantarme día a día mis neuras y paranoias: mi familia y, muy especialmente, Elisa. Ni os imagináis la paciencia que puede llegar a tener esa mujer.

Sin todos ellos no hubiera sido posible parir una babosa que se presenta el jueves 13 de diciembre en Ávila y el viernes 21 en Madrid.

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¡Ah! Y la banda sonora del libro corre a cargo de Micah P. Hinson.

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Calor en las pantorrillas

A finales de mes, cuando la calefacción escasea, se suele poner debajo de la falda las medias de fútbol de su nieta, las que le sobran de otras temporadas. A veces tiene que zurcir algún roto que dejó un taco desalmado a media pierna. ¡La guerra que dio en la mercería hasta encontrar el rojo exacto de la franja! Las estira bien y luego se santigua. Si por casualidad se encuentra un cojín tirado en el salón, da un par de pasos hacia atrás para coger carrerilla y lo patea contra el sofá.

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Foto de @RayoFemenino

[Microrrelato enviado, sin resultado alguno, al concurso de microrrelatos del Rayo Vallecano]

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Cosquilleo monetario

Cuando me rasco los sobacos suena un tintineo de monedas que, de alguna forma, me tranquiliza. Si levanto los brazos y salto, igual que si bailara una jota, también chocan. Lo escucho e inmediatamente pienso que las cosas van bien. Todo va bien, muchacho. Respira, relájate un poco. Túmbate, ráscate más, que atrone el oro (porque seguro que son de oro). Investiga tu cuerpo, me digo. ¿Quién sabe que otros tesoros albergarán partes como las ingles, las pantorrillas o las plantas de los pies?

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Papeles de colores

A papá le quitamos el polvo una vez por semana. O antes si tenemos visita. Con pasarle el plumero por encima es suficiente, pero los días que andamos bien de tiempo le echamos Cristasol en las pupilas, le sacudimos el pelo a bayetazos, le cepillamos los pliegues, que es donde más ácaros se acumulan.

Antes, digo antes, le soplábamos por dentro del oído. Hasta ese punto llegábamos. Pero ya no lo hacemos porque de la otra oreja le sale disparado un confeti molestísimo y persistente que se desparrama por el salón, que se esconde por debajo del sofá y el aparador, que nos recuerda lo que un día fue.

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Vírgenes de la serranía

Si alguna vez se quejaba porque su miserable vida no era más que ovejas y carneros (y pisar las cagadas de las ovejas y los carneros), su padre le recordaba que algo tendrá el oficio cuando todas las vírgenes han salido siempre a pastores. “El día menos pensado vas a por un borrego enredado en las zarzas y te encuentras de sopetón con la del Espino”, bromeaba.

Pero el muchacho se lo tomaba muy en serio. Incluso se había fijado en que María Santísima se aparecía siempre cerquita del agua. Mira la Virgen de las Fuentes, que surgió como de la nada en medio de la laguna. O Nuestra Señora de Rihondo, la que brotó igual que un junco en los márgenes del río. Les gustaba los charcos más que a su padre una cántara de vino.

Por eso el día que pasó con el rebaño por Fuente Buena y vio menearse aquellos arbustos, el zagal se quitó la boina para repeinarse el flequillo con saliva. Se estiró entero, como cuando entraba en misa, y caminó al encuentro de su destino. Le temblaban un poco las manos cuando apartó las ramas para descubrir, escondido entre el follaje, al tío Emilio de cuclillas, con todo el violeta de los cantuesos reflejado en el rostro por tanto esfuerzo.


 

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Con este microrrelato he tenido la suerte de ser finalista del I Certamen de Microrrelatos de Cabezas del Villar. El lema del concurso era: “Naturaleza y vida en la Sierra de Ávila”. Felicidades a la ganadora, mi buena amiga Begoña Jiménez Canales.

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Uno de los Beatles

Borrachos

Al nene le sacan los parecidos más increíbles. “Míralo –dice mi madre–. Tiene la carita toda de Serguéi Belov, el escolta de la URSS en la década de los 70”. En casa de mi mujer se debaten entre uno de los borrachos de Velázquez (“el más sala’o, el que sonríe a cámara”, aclara mi suegro) y el San Juan de la Hermandad del Gran Poder de Sevilla.

Incluso por la calle nos paran los desconocidos para hacer monerías al niño y aprovechan la ocasión para decirnos, con gesto de puro asombro, que es clavadito a no se qué escritor portugués, que tiene un aire a uno de los Beatles.

Mi mujer y yo sonreímos y decimos a todo que sí. Aceleramos el paso con disimulo para llegar lo antes posible a casa. Hay que bañar al nene, darle la cena, quitarle los restos de papilla del bigote, acostarlo. Luego nos pasamos horas enteras mirando como nuestro ángel simplemente duerme en paz. ¿Qué importa que ronque un poco?

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Trabajo acuátil

Nadie sabe por qué hizo un jardín junto al mar, bien pegado a la orilla. Aprovechaba la bajamar para romper la tierra de la playa con el rastrillo. Daba gusto verlo trastear con la arena, colocar suave cada semilla, bailar después con la regadera.

Todos los días terminaba empapado en sudor, con el sol resbalándole por la piel, y se quedaba vigilando su trocito de edén para evitar, entre palmas y jadeos, que las gaviotas robaran el grano. Solo cuando el mar subía y las olas lo cubrían todo, se marchaba a la taberna orgulloso del trabajo hecho.

 


 

Con este microrrelato probé suerte, sin resultado, en el II Concurso de Microrrelatos del Club de Lectura UNED Ávila. El requisito era incluir una frase de este poema de Antonio Machado. Pinchando aquí podéis acceder al ganador y finalistas.

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