Pasillo de plumas

Anapoima, de Yassef Briceño García

Anapoima, de Yassef Briceño García

Ninguna bola de pelo regurgitada debería piar; eso fue lo primero que me hizo sospechar de los vómitos de mi gata. Cuando consigues controlar las arcadas, cuando eres capaz de agarrar esa masa húmeda y arcillosa y limpiarla, quitarle la primera capa de… sustancia, lo ves. Dentro siempre hay un pollo, tan minúsculo como entero. Al principio los lavaba a fondo. ¡Daba gusto verlos lucir de amarillo con todas sus plumas limpitas! Pero hasta la ilusión más sublime se desgasta con el tiempo, es inevitable.

Hay decenas ahora, quizás cientos. Están debajo de las almohadas, en los cajones de la ropa interior, sobre los fuegos de la cocina. Aunque quisiera, tampoco tendría tiempo de preocuparme de todos los que salen del hocico de mi gata. Con sacudirles un poco el barro es suficiente para que se pongan a corretear torpemente por el parqué, haciendo ese ruido de mecanografía con sus patas. Creanme si les digo que pueden resultar muy molestos. En especial esos días en los que llego a casa tan derrotado del trabajo que lo único que quiero es alcanzar el dormitorio lo antes posible, paso a paso, sin importarme el crujido de alas bajo mis pies descalzos (como de nueces rotas), y meterme en la cama con la sangre aún caliente entre mis dedos.

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